Concurso Literario

«Debajo de las piedras», cuento merecedor de una mención honrosa en el XIV Concurso Literario

El jurado del concurso literario, compuesto por los reconocidos escritores María Teresa Ruiz Rosas, Bladimiro Centeno y Hugo Velazco Flores, tuvo un arduo trabajo para esta decisión.

Por El Búho | 10 mayo, 2026

En diciembre de 2025, el jurado calificador del XIV Concurso Literario «El Búho» dio a conocer su veredicto en la categoría Cuento. Además de un ganador, hubo tres menciones honrosas para trabajos de alto nivel. Una de ellas fue para el cuento «Debajo de las piedras» del escritor ayacuchano Felix Gianpiere Ipurre Urquizo, bajo el seudónimo Gato provinciano.

El jurado del concurso literario, compuesto por los reconocidos escritores María Teresa Ruiz Rosas, Bladimiro Centeno y Hugo Velazco Flores, tuvo un arduo trabajo para esta decisión.

Sobre el autor premiado en el Concurso Literario

Félix Gianpiere Ipurre Urquizo es ayacuchano. Es Bachiller en Derecho por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) y Máster en Escritura Creativa en Español por la Universidad de Salamanca (USAL).

Ganador del segundo concurso literario de relatos “Tócame con tus palabras” (2024) organizado por la revista Literalgia. Finalista del Primer Premio Nacional de Cuento FILAY (2025) y segundo puesto en la XI Bienal de Poesía Infantil ICPNA (2025). Ha publicado poemas y cuentos en distintas revistas y editoriales
nacionales e internacionales y en el 2025 publicó La singularidad del gato y otros cuentos ayacuchanos con la editorial El Gato Descalzo.

Amante de los animales y la naturaleza, viajero, fotógrafo y cocinero en sus tiempos libres. Espera generar un cambio a través de su escritura.

Cuento mencionado: «Debajo de las piedras»

— Cuéntenos, don Ezequiel ¿Por qué no puede dormir?

— De verdacito que no sé, inge. Y eso que yo soy un hombre bien tranquilo, que no le hace mal a nadie. La vida me gano arreglando caños, puertas, lo que me digan para hacer. También ayudo aquí al maestro don Cancho, cuando tiene una techadita o algo para mí. Bien cumplidor siempre he sido, desde chiquito. Mi mamay, que en paz descanse, siempre me ha enseñado a ser así. Bien sabida era ella, a pesar de que no sabía leer ni escribir y solo hablaba quechua. Yo la quería mucho, inge. Mucho, mucho la quería. A mi tayta no. Él me hizo dormir debajo de las piedras.

— ¿Debajo de las piedras?

— Sí, inge. Debajo de las piedras me hizo dormir ese sinvergüenza. Fue en la época de la violencia. Allá, cuando existía Sendero. El viejo ese me sacó de la casa de mi mamay, diciendo que me necesitaba para ayudarle con sus animales. Me llevó a vivir a una de las comunidades más altas de San José ¿Sabe dónde es San José, inge? Pues es bien, bien lejos, donde el ichu cubre las montañas y también las casas. Se llega por esa carretera que sube hasta entrar en el Vraem, pero por la ruta que pasa por Carhuahurán. Allá en San José fue que, con nueve o diez años, ya ni me acuerdo, nos agarró Sendero y la gente empezó a irse a vivir a las montañas ¡De verdacito, inge! ¡En las montañas estuvimos viviendo! —exclamó don Ezequiel, al ver que al ingeniero se le sorprendieron los ojos—. ¡Dormíamos debajo de las piedras! La gente llevó papa, maíz, queso, bastante comida llevó para sobrevivir. No sé cuánto tiempo habremos aguantado debajo de las piedras, pero aguantamos. Imagínese, pues, inge. Wawas de dos, cinco, diez años, congelándose de frío. No podíamos encender fuego porque los de Sendero nos encontraban y nos mataban a todos. De vez en cuando, la Luna alumbraba la noche, pero igual uno pensaba que la montaña lo iba a tragar, por los ruidos que se escuchaban y porque todo se veía bien negro. No se podía dormir. Muchos niños llorábamos en silencio, pensando que en cualquier momento nos íbamos a morir, como una wawita de una señora que un día ya no despertó y nadie supo por qué. Bien feo fue, inge. Allá fue más peor que acá.

— ¿Y cuánto tiempo estuvieron así?

— Qué voy a saber yo, inge. Muchos, muchos días, quizás meses, solo la montaña sabe ¡Y perdóneme usted por lo que voy a decir! Pero, siendo uno sincero, hubiera preferido morir debajo de esas piedras.

— No hable así, hombre. Está vivo y debe apreciarlo.

— Es que yo lo vi todo, inge.

— ¿Qué cosa? ¿Qué cosa viste?

— Vi cómo les hicieron cavar sus propias tumbas.

El ingeniero no supo qué decir. Nadie en la mesa dijo nada, solo guardaron silencio.

— Pasó luego de que un muchacho bajó para buscar comida. Dijo que había un mensaje escrito en una pared que decía: “Vuelvan. Nosotros los protegeremos”. Hasta hoy me acuerdo bien clarito lo que nos dijo ese muchacho… Y la gente le hizo caso. Todos bajamos sin pensarlo dos veces, nadie se quedó. Y no los culpo. Estábamos cansados, teníamos frío y no lográbamos matar al hambre. Bajamos a la comunidad y nos recibieron muy bien, hasta comida nos invitaron. Luego fue que nos hicieron cavar un pozo. “Para guardar y tener comida”, dijeron. Pero mentira fue, inge ¡Yo lo vi todo! ¡Se lo juro, ingeniero! ¡Por mi mamay se lo juro que no le estoy mintiendo! Yo me salvé… yo me salvé, carajo… Niños, mujeres, ancianos, a todititos les pusieron ahí. También al viejo, a él también le dispararon.

— Ya, tranquilo, hombre. Toma tu cerveza.

— Eso pasó, inge. Se lo juro por Diosito que así fue. Yo lo vi todo…

— Ya, hombre, ya. Toma un poco de tu cerveza, para que te calmes.

— Así fue, carajo. Así fue…

— ¿Y cómo así te salvaste tú?

— Yo me metí detrás de unas piedras, inge. Les dije que iba a orinar y me escondí. Iba a escaparme y volver con mi mamay, pero me asusté al escuchar los disparos y ya no pude correr. Me quedé helado. Justo después de que terminaron de tapar el hueco, uno de esos malditos me descubrió. Pensé que también me iban a matar, pero cuando me llevaron con el que era el jefe, este les dijo: “Dejen que se vaya. Ya no quiero matar más”.

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