Por primera vez en la historia permanecen simultáneamente cerradas tanto la principal iglesia del mundo (la del Santo Sepulcro, en Jerusalén) como la mezquita de Al-Aqsa (que fue el sitio original hacia donde los musulmanes dirigían sus plegarias y que es el tercer lugar más sagrado del islam). Los cristianos no celebraron el Domingo de Ramos en el sitio donde creen que Jesucristo fue crucificado y resucitó; y los musulmanes no pudieron conmemorar su sacro mes de ayuno (Ramadán) en el complejo dominado por la cúpula dorada, icono de Jerusalén.
El casco antiguo de esta ciudad, la única que une a las tres grandes religiones monoteístas, está dividido en cuatro partes: musulmana, cristiana, armenia y judía. En las dos primeras hay restricciones para acceder a sus templos, mientras que el ejército reprime constantemente a fieles musulmanes cuando rezan en las calles de su barrio. Los armenios son atacados por fanáticos sionistas que buscan copar parte de su barrio. En todas las zonas de Jerusalén oriental y de Cisjordania, colonos chocan con la población nativa, a la que quieren arrebatar sus tierras, casas, parcelas o fuentes de agua.
Durante milenios, los judíos hemos sufrido las más feroces persecuciones religiosas y nos hemos beneficiado de regímenes tolerantes. Ahora, en cambio, en el único Estado con mayoría hebrea, se aplastan los derechos de las dos religiones que congregan a la mayoría de los fieles del mundo. Solo en Gaza se han bombardeado más de mil templos, una cifra superior al total de sinagogas bombardeadas por Hitler. Además, se ha destruido la ciudad de Natán de Gaza, donde hace casi cuatro siglos se inició, con Sabbetai Zvi, el primer intento para que los judíos retornaran a Jerusalén. Netanyahu viene arrasando el sur libanés de donde salieron los constructores fenicios del templo de Salomón y también bombardeó una sinagoga iraní.
Se ha atacado a todos los cristianos e iglesias de Gaza. La iglesia de San Porfirio, una de las tres más antiguas del planeta, permanece semi-destrozada. Los cristianos, que hace un siglo representaba el 10 % de Tierra Santa, se ha reducido a menos del 2 %. Durante dos años no se pudo celebrar navidades en Belén. Si María pudieron transitar sin obstáculos entre Nazaret y Belén, hoy cualquier cristiano palestino recorre ese trayecto pasando por múltiples controles militares. Mientras ciudadanos israelíes y turistas pueden andar libremente por Cisjordania, los nativos tienen carnés y matrículas que les obligan a someterse a controles. El ejército puede entrar en cualquier casa, y arrestar a quien quiera, deteniendo durante semanas sin orden judicial.
Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad, incentiva a sus correligionarios a escupir a cristianos e hizo aprobar la pena capital exclusivamente para palestinos. Mientras los cristianos llevan cruces en solidaridad con quien fue crucificado, Ben-Gvir luce una horca en su solapa, llamando a ahorcar a miles de palestinos.
Estos extremistas traicionan al judaísmo. Pisotean la memoria de millones de nuestros ancestros que fueron víctimas del Holocausto nazi, de pogromos, inquisiciones, zonas de exclusión y guetos, y de expulsiones masivas, pues promueven hacer lo mismo contra los palestinos.
Ben-Gvir quiere apoderarse de Al-Aqsa, mientras fundamentalistas sionistas pretenden demoler esta mezquita para erigir sobre ella el tercer templo salomónico. Aún hoy no se sabe exactamente dónde estuvo este. Además, para los judíos más creyentes, es un tabú intentar hacerlo, pues Dios ha ordenado convivir con otros credos y aún no ha enviado al Mesías.
Los judíos de todo el mundo debemos unirnos contra quienes utilizan nuestro nombre para promover el odio, masacres y guerras, con lo que alimentan el antisemitismo.

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