En la catoliquísima Arequipa de antaño era una tradición navideña muy arraigada el armar un nacimiento en las casas de todas las familias (además, claro está, de los que se armaban en los templos y capillas). Todas dedicaban la mejor sala o el mejor rincón de sus casas para levantarlo. Algunas familias pasaban e incrementaban de generación en generación sus nacimientos, que resultaban enormes y muy pintorescos.
Las familias se solían visitar entre sí “para adorar al Niño”, lo que no solo daba lugar a una tertulia muy bien matizada con chocolate en tazas y panetones de bolas o natilla o de canela de La Lucha, sino que en el fondo competían entre sí para saber quién hacía el mejor nacimiento. Por supuesto que todas las noches entre el 24 de diciembre y el 6 de enero, esos nacimientos eran adorados por pandillas de adoradores, pero ese es otro cuento que en otras páginas de esta obra les cuento.
Así como hoy en día causa sensación popular el nacimiento “mecatrónico” que arma en su sede de la tercera cuadra de la calle San Juan de Dios la Unidad de Servicios Especiales de la Policía Nacional del Perú, a partir de la Navidad de 1955 y, por lo menos por las Navidades de unos veinte años, causaba sensación el visitar el Nacimiento mecánico de la Clínica San Juan de Dios.
En principio, como tengo señalado en otra anécdota anterior y próxima, el 18 de diciembre de 1955 se bendijo e inauguró la capilla del Hogar Clínica San Juan de Dios y, en realidad, se puso en funcionamiento por primera vez la clínica. Tres días después, a partir del 21 de diciembre del ´55, se produjo la conmoción social y política de la rebelión arequipeña que les cuento en la sección principal de este tomo. Güeno, pue, en medio de esa conmoción, el Hermano juandediano Fray Juan de Malagón terminaba de armar su Nacimiento mecánico que, por primera vez en la historia, pudo verse a partir del 25 de diciembre de 1955.
Este nacimiento mecánico se pudo visitar hasta fines de enero de 1956 y, como sucedió también en todos los años posteriores que se pudo visitar, sirvió para recaudar óbolos voluntarios para el mantenimiento de la clínica.
Yo, que a la sazón tenía 10 años de edad y era no solo vecino de la clínica juandediana, sino, como lo cuento en otra anécdota, era el engreído niño cantor solista de todas sus misas y novenas, pude ver muchísimas veces el Nacimiento mecánico. Y algún año, pude ver cómo lo armaban. No sé por qué le llamaban Nacimiento mecánico, cuando en realidad debieron llamarle Nacimiento eléctrico. Porque lo que más llamaba la atención de él era el juego sincronizado de sus luces eléctricas.
Veamos. El nacimiento ocupaba una habitación de por lo menos sesenta metros cuadrados con puerta de entrada y otra de salida hacia la avenida del Ejército. El Nacimiento propiamente dicho era bellísimo. Con cientos de figuras en miniatura hechas en cerámica o porcelana que representaban personas vestidas a la usanza de los habitantes de Belén de aquellos tiempos, animales, plantas, especialmente palmeras. Reproducía también algunas callejuelas, chacritas y manantiales de Belén con sus habitantes en escenas domésticas o artesanales.
Bastante alejados del pesebre con el Niño Dios, que ocupaba la parte central, estaban en un lado las estatuillas de San José tirando de un burro en el que iba montada la Virgen María sobre un desierto con pequeñas dunas. En el otro lado se miraban lejanos a los Reyes Magos cabalgando bajo la estrella que los guio. Todo este simpático conglomerado estaba cubierto por una especie de cúpula que simulaba el cielo.
Lo interesante era que esta cúpula se iluminaba poco a poco, simulando la salida y avance del sol en el firmamento hasta el mediodía. Después, poco a poco, el sol se iba retirando, formando unos crepúsculos que dejaban a los espectadores pasmados. Entonces, se sucedía la noche en que brillaban en la oscuridad la luna, las estrellas. Se encendían las lucecitas del interior de las casas de Belén y de los faroles de sus callejuelas. Y en lontananza, brillaba la estrella que guio a los Reyes Magos.
Conforme se sucedían el día y la noche, las estatuillas parecían ir cobrando vida por la iluminación o penumbra en que se lucían. Una sucesión de día y noche duraba unos quince minutos. Lo suficiente para que los espectadores pudiesen mirar cada detalle y saliesen contentísimos de haber visto y recreado el Nacimiento del Redentor. En turnos de 15 minutos entraban a ver el Nacimiento un grupo de treinta personas. Las colas que se formaban para entrar eran muy grandes, especialmente los sábados y domingos. Poco a poco se hizo tradicional el Nacimiento mecánico de la Clínica San Juan de Dios entre 1955 y 1975, aproximadamente.
(En las citas textuales de esta obra se respeta la ortografía de los originales)
Juan Guillermo Carpio Muñoz
Texao. Arequipa y Mostajo. La Historia de un Pueblo y un Hombre.
Tomo IX. Págs. 301 – 302.

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