Perdónanos, Marilyn

«Cuando Marilyn murió ya era adicta a los barbitúricos, especialmente al nembutal, pero poco se ha relacionado su posible suicidio con la historia clínica de su familia, su bisabuelo se colgó, su abuela murió en un hospital psiquiátrico entre espantosos aullidos de desesperación y a su madre le sucedió otro tanto».

Por Manuel Rosas Quispe | 11 mayo, 2026
Marilyn Monroe

En el prólogo de la sucinta biografía de Marilyn Monroe escrita por Luis Gasca, José Luis Garcí recuerda en su mocedad a un amigo suyo apellidado Ureña quien después de ver Vidas Rebeldes les confesó seriamente a los demás muchachos que fueron juntos aquella tarde al cine: “Ella es como nosotros”. Tras verla, nerviosa pero ilusionada, sentarse a desayunar con Clark Gable, el chico llegó a esa sabia decisión: ella es como nosotros. Luis Gasca se propone retratar a Marilyn para que, de alguna manera, sintamos que ella fue un poco como nosotros, una criatura dulce y trágica que quiso ser amada y a quien se le fue la vida en tal empeño.

La historia está contada desde la admiración y el profundo cariño que Gasca siente por la biografiada, pero aludiendo, desde luego, a información que muchas personas prefieren omitir o callar. La sexualidad, por ejemplo, explosiva, promiscua y enajenante que Marilyn utilizó como arma de combate, como medio casi infalible de sujeción y control de los hombres cuya anuencia le serviría en su ascenso al estrellato, está narrada sin tapujos. Otro asunto peliagudo es el de su condición mental. Cuando Marilyn murió ya era adicta a los barbitúricos, especialmente al nembutal, pero poco se ha relacionado su posible suicidio con la historia clínica de su familia, su bisabuelo se colgó, su abuela murió en un hospital psiquiátrico entre espantosos aullidos de desesperación y a su madre le sucedió otro tanto. Marilyn sentía un agudo temor de que, llegada a cierta edad, ella también se toparía con la locura inevitablemente. De hecho, quizá la vislumbró tras sus sucesivos abortos y la dolorosa conciencia de su soledad que nada ni nadie podía paliar.

Sin embargo, Gasca está convencido de que Marilyn no se suicidó. Es más, ofrece en las últimas páginas del libro un informe detallado, casi minuto a minuto, de lo que ocurrió el sábado 04 de agosto de 1962 en el 12305 de Fifth Helena Drive. Para ello se basa en información recogida de diversos testigos (por ejemplo, la vecina de Marilyn, Elizabeth Pollard, que asegura que vio llegar en la tarde a Bob Kennedy acompañado del Dr. Greenson y del inefable Peter Lawford, información corroborada por Eunice Grayson, aunque once años después, en 1973) y de diversos documentos como el dossier que, sobre el caso, había construido Hoover (originalmente de 723 páginas y hoy tan sólo de 54). Para Gasca, las posteriores muertes de John y Bob Kennedy apuntan inevitablemente a un plan siniestro urdido por altos poderes, no la CIA en este caso, sino la mafia, aunque Gasca da a entender que los pasos criminales de la mafia eran conocidos uno a uno por la CIA y no movieron un dedo para evitar el cruel desenlace.

La narrativa de esta truculenta historia podría fácilmente orientarse hacia el crudo pasquín sensacionalista y conspiratorio, pero Gasca es minucioso con sus fuentes. Cita con nombre y apellido a cada uno de los personajes que echó alguna luz con sus declaraciones sobre el caso consignado en el expediente 81128. El informe, por ejemplo, del sargento Jack Clemmons (uno de los primeros policías en pisar el lugar de los hechos, la mañana del 05 de agosto), negaba el informe privado de los médicos Engelberg y Greenson: para Clemmons el rigor mortis indicaba que Marilyn murió aproximadamente a las 9pm. del sábado. También indicó haber visto algún arañazo en el cuerpo de la actriz y las huellas de un leve forcejeo. Ese informe, como muchos otros documentos reveladores, desapareció misteriosamente.

Ciertamente, todo lo que Gasca va revelando no es noticia nueva porque no hay quizá otra muerte sobre la que se haya especulado tanto y sobre la que exista tantas teorías y versiones, muchas de ellas inverosímiles. Lo que sí es nuevo es el rigor, el orden y la minuciosidad para manejar esos datos y no caer en hipótesis delirantes.

Al pasar estas páginas uno siente el peso de un destino atroz cebándose contra una muchachita huérfana y temerosa. Pienso que la imagen de Marilyn como sex-symbol ha ido desdibujándose con el correr del tiempo. La turgencia de su cuerpo desnudo, esos labios oferentes, esa mirada de una miopía lasciva y esa voz un poco aflautada e ingenua, todo eso ya no representa lo erótico en los sueños masculinos de hoy. Sin embargo, actualmente Marilyn se erige como un símbolo más universal y humano, como un símbolo de un sempiterno bovarismo, de un inconformismo trascendental que nos obliga a soñar y a fantasear con otros mundos en los que somos más felices y en los que estamos menos solos. Me imagino a Marilyn, con mono de trabajo en Radioplane Company, en 1944, tiene 18 años y ya es una señora casada que podría aspirar a una vida hogareña con su esposo, James Dougherty, una vida que hasta entonces el destino le había negado. Me la imagino mirando los estantes de la fábrica, llenos de máquinas, obuses y morteros por aquí y por allá, y decidiendo ser una estrella. A pesar de todo, en contra de todos. Marilyn es esa delicada flor que se irguió alto y que mantuvo al mundo hechizado mientras duró su belleza. ¿No tenemos todos esa aspiración secreta? ¿No queremos todos huir de una vida anodina y conocer el excitante pálpito de lo imprevisible? Aunque sea por un rato, aunque sea sólo por unas horas y que después las gacetillas murmuren por décadas, no importa.

Así que tenía razón aquel muchacho apellidado Ureña cuando declaró que “ella es como nosotros”. Así lo pensó también Truman Capote cuando la retrata en “Breakfast at Tiffany’s” como la adorable Holly Golightly, una chica como nosotros (no así Audrey Hepburn en cuyo pasado la aristocracia anula cualquier vínculo con Lulamae). Fue una chica como nosotros y entre todos la matamos con mucha saña. Perdónanos, Marilyn.

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