El calentamiento global o el destino de la vida sobre la tierra

"Hasta ahora nadie se ha preguntado cuál sería la cantidad máxima de población que la Tierra podría soportar y alimentar; ni qué harían los seres humanos con poder en los momentos en que se llegue a ese máximo."

Columnista invitado
Ilustración: Diario Responsable

El Grupo Internacional de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas acaba de publicar un informe sobre el calentamiento global, luego de analizar más de 14,000 artículos sobre este tema. La humanidad se acerca al límite peligroso de 1.5º Celsius de elevación de la temperatura de la tierra, lo que aumentará las lluvias y el nivel de los océanos en unos 2 metros hasta fines del presente siglo.

Es claro, tan dantescas consecuencias no le importan a la enorme mayoría de seres humanos que viven sin tener conciencia de ellas. Este es un asunto de científicos y, cada vez más, de los grupos más instruidos del hemisferio norte, con un capitalismo más desarrollado y un nivel de ingresos que puede llegar en promedio a más de diez veces del que tienen las grandes poblaciones del hemisferio sur.

El calentamiento global se debe a los gases de efecto invernadero que suelta la civilización industrial de la que somos parte: 40 mil millones de toneladas de CO2 cada año que contaminan la atmósfera de donde los seres vivos tomamos el oxigeno que nos permite la vida, a la que se añaden otras formas de contaminación causadas por los productos y los desechos industriales y la creciente basura de los seres humanos, que, si no se le recicla, entierra o destruye, se vierten a los cauces de agua por los que se deslizan a los océanos, mares y grandes lagos. Lo hacemos, en más o en menos, todos los seres humanos.

Uno de los primeros llamados de atención sobre la contaminación de la Tierra fue el libro de Rachel Carson La Primavera Silenciosa publicado en 1962 en Estados Unidos, en el que denunció los perniciosos efectos de los productos químicos en la agricultura que aniquilaban a los pájaros y a otros animales. Muertos los pájaros su canto ya no resonaría en la Primavera. Algunos científicos entendieron el mensaje y poco después surgió la corriente ecologista.[1]

La contaminación ambiental no es un fenómeno cuyuntural o pasajero y hasta ahora no ha podido ser controlado. Es el resultado de la evolución de los seres humanos.

Tres son los factores principales que la causan: la civilización industrial, el crecimiento de la población humana y los deseos bélicos de ciertos grupos de poder.

Hasta la segunda mitad del siglo XVIII, la actividad productiva de los seres humanos era preferentemente bucólica y basada en la explotación de los siervos. Su vida era una lenta repetición de costumbres dominadas por la ignorancia, la mansedumbre y el terror impuesto por los reyes, los nobles y la Iglesia Católica y ejecutado por los mismos pobladores convencidos de que la opresión y los abusos eran hechos morales gratos a Dios.

Vino, en seguida, la Revolución Industrial, impulsada por el capitalismo, desde la segunda mitad del siglo XVIII y lo cambio todo. Los trabajadores dejaron de ser siervos y artesanos y, por oleadas, fueron convertidos en obreros. Su explotación sin límites posibilitó la acumulación de ingentes capitales que, devueltos a las empresas, hicieron crecer la producción industrial a pasos agigantados. Para mover las máquinas y los medios de transporte se echó mano del carbón y, luego del petróleo y del gas, y los cielos fueron cubiertos de negros nubarrones y gases tóxicos que envenenaron la atmósfera, mientras las ciudades producían crecientes cantidades de basura de todas las clases. Y continuamos nuestra existencia convertida necesariamente en la civilización industrial. Una pregunta emerge entonces: ¿cómo limpiar el cielo y la tierra manteniendo los medios de producción igual, o habrá que modificarlos para que no contaminen?

También la Revolución Industrial marca el punto de arranque del crecimiento acelerado de la población mundial. Desde que los seres humanos estuvieron formados, cuando eran unos pocos especímenes, hace 1’200,00 años, su número se había elevado a 1,000 millones en 1800. 250 años después, en 2,000, eran más de 6,000 millones. De ahí en adelante, solo a una tasa de crecimiento de 1.5% anual, esta cifra se duplicará en unos 50 años; y seguirá creciendo sobre todo en los países de menor desarrollo industrial donde las familias tienen tres o más hijos. ¿A cuántos podrá alimentar la Tierra? Se puede comprender entonces cuánta razón tenía Thomas Malthus en su famoso libro Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798.

La guerra, que es la aniquilación de cierta cantidad de prójimos tiene como origen la codicia y la venalidad de algunos seres humanos. Inicialmente la hacían unos grupos nómades para alimentarse con los vencidos; luego se dieron cuenta de que cambiándolos o vendiéndolos podían obtener ganado para alimentarse y otros bienes, acumularlos y hacerse ricos. Más tarde, la guerra les dio territorios, seres humanos y riquezas. La Roma de la Antigüedad y su orden jurídico, heredado por las sociedades que vinieron luego, fue el paradigma de esa práctica rentable que tomó la forma de derecho de propiedad. Luego la guerra proporcionó, además de territorios, mercados, materias primas, mano de obra barata, esclavizada o feudalizada y el orgullo de ser poderosos; hasta que llegó a un punto de contención en que el poder económico y militar de grupos nacionales rivales atacados, podía destruir a los agresores.

En el siglo XX, en treinta años, hubo dos guerras mundiales, la segunda más mortífera y destructiva que la primera.  Siguió la “guerra fría”, en la segunda mitad del siglo XX, impulsada por la codicia y el temor de los gobernantes y el capitalismo de Estados Unidos, secundados por sus homólogos de los estados de Europa Occidental, que puso a la humanidad al borde de la destrucción por las lluvias de bombas atómicas que hubieran contaminado el planeta con radioactividad por cientos de años. Hubiera bastado con oprimir un botón para disparar los cohetes; y había generales tentados de hacerlo que se abstuvieron, no obstante, por el temor de los políticos de que antes de que las bombas atómicas lanzadas cayeran en las ciudades y estepas soviéticas, otras bombas de igual poder destructivo estarían viajando hacia las ciudades de los países que tomaron la iniciativa primero.

Ese peligro no ha desaparecido. Lo animan otros actores y hasta algunos con mediano y pequeño poder. Con tales amenazas ¿podrá sobrevivir la humanidad? No me refiero aquí a los 100 y ni siquiera a los 1000 años por venir.

En junio de 2019, mi esposa y yo concurrimos al Museo del Hombre de Paris, plaza del Trocadero, frente a la Torre Eiffel, a visitar la exposición de los restos del hombre de Neanderthal. Eran unos pocos huesos que los paleontólogos de varios países habían hallado en diferentes lugares de Europa a lo largo de más de 100 años; y principalmente, en Neander, Alemania, cerca de Düsseldorf.

Con esos vestigios, los científicos de las ramas afines han reconstruido los rasgos anatómicos y faciales de los hombres a los que pertenecieron y han determinado su ADN y su antigüedad. Esta especie, hermana del homo sapiens, se extinguió hace unos 40,000 años. ¿Por qué? Tal vez por las pestes, los ataques de algunos microbios y virus, quizas algún coronavirus, y las agresiones de los seres humanos por ferocidad, disputa por los alimentos escasos o por el simple gusto de matar. La única especie con individuos que matan no para alimentarse es la humana.

¿Qué le sucederá a la especie humana 40,000 años después? ¿Llegará a esos años? Chi lo sa.

Hasta ahora nadie se ha preguntado cuál sería la cantidad máxima de población que la Tierra podría soportar y alimentar; ni qué harían los seres humanos con poder en los momentos en que se llegue a ese máximo.

Mientras tanto, en nuestro tiempo y en el de las generaciones que nos sigan, es deber de todo ser humano civilizado cooperar para evitar la contaminación ambiental y sus causas hasta donde se pueda; e instar y vigilar a los gobiernos para que hagan cumplir las normas que se den al respecto. El agua y el aire deben defenderse como la vida misma. Es esta nuestra batalla, ahora. (12/8/2021)


[1] Sobre Ecología puede verse el exhaustivo estudio de Eric Rendón Schneir, Bases económicas del desarrollo sostenible: evidencias y desafíos, Lima, Universidad Agraria La Molina, 2020.

El Búho, síguenos también en nuestras redes sociales: 

Búscanos en FacebookTwitterInstagram y YouTube

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE