“Joaquín Sabina: Perdonen la Tristeza” (Libros Cúpula, 2018) es la edición corregida y aumentada del mismo libro que Javier Menéndez Flores publicó en el año 2000, con gran suceso. Ahora, el autor ha creído conveniente biografiar la última fase del compositor ubetense tras el tremendo éxito que suscitó su undécimo álbum “19 días y 500 noches” de 1999.
No hay duda de que Menéndez Flores es el hombre que más sabe de Sabina, más incluso que el propio Sabina, y que tiene una prosa desenfadada, ágil y, por momentos, muy aguda. A pesar de ser íntimo amigo de Sabina y de declararse un rendido admirador suyo, Menéndez no pierde ecuanimidad y analiza imparcialmente la última etapa de su biografiado, que corresponde al siglo XXI, para concluir sin ambages que después de “19 días y 500 noches” el jienense no ha escrito nada realmente relevante.
Es verdad que “Dímelo en la calle” de 2002 tiene temas inolvidables en el imaginario sabinero (“La canción más hermosa del mundo”, “Cuando me hablan del destino”), es verdad que “Lo niego todo” de 2017 tiene uno que otro chispazo emotivo (con una voz que ya no es la ronquera del bohemio trasnochador sino la natural aspereza de un tracto vocal senil), pero “Alivio de luto” y “Vinagre y rosas” son dos álbumes completamente prescindibles en la discografía de Sabina. Tampoco los álbumes compartidos con Serrat añaden, en realidad, algo nuevo.
Menéndez atribuye esos derrapes a la vocación literaria de Sabina. Considera que su afán por pulir sus letras con la minuciosidad de un bardo del Siglo de Oro sepultó el aspecto musical en sus producciones. Eso, en parte, es verdad. Pero no hay que olvidar que el personaje Sabina, el cínico y maduro mujeriego de bombín y bastón, es un personaje que, a la luz del nuevo milenio, resulta bastante desfasado y rancio. Sobre todo, resulta un caricaturesco personaje sin nada, ya que decir, sin ningún discurso a mano, salvo sus anticuadas boutades que hoy hacen poca gracia. En el pico de su gloria, hacia fines del siglo pasado, cuando cerraba Las Ventas con lleno total y con vítores de emoción en su público, se permitió decir que en España no había nada nuevo, que le preocupaba que el panorama musical español sea un yermo sombrío y extenso. Tal apunte era, cuanto menos, una ofensa gratuita al efervescente movimiento indie español, en el que Los Planetas o La Buena Vida habían dejado ya huella imborrable en la memoria de sus fans.
Ese período de gloria de Sabina está retratado con maestría por Menéndez. En sus páginas, emociona la historia del esmirriado muchachito que huyó de Jaén para hacer vida de squatter en Carnaby Street, que conquistó Madrid a fuerza de sonetos y octavillas, que deslumbró a las multitudes fervorosas regalándoles una canción que entonarían para siempre como el himno de sus vidas. “O mueres a tiempo o vives lo suficiente para verte convertido en un villano”… algo así susurraba un Christian Bale devenido en héroe nictálope en una película de feliz recordación. La frasecita de marras podríamos aplicarla a Sabina, aunque habría que quitarle antes su aparataje romántico porque Sabina más que villano es un anciano, un hombre que se hizo mayor mientras el siglo pasaba. Destino común de todos los hombres, al fin y al cabo, “la detestable vejez” no ha de perdonar las testas mejor tocadas y todos daremos pasos confusos por ese brumoso pasadizo.
La última parte del libro (el añadido, la primicia) analiza a Sabina con ese lente objetivo y resalta (per modus tollendo ponens) la etapa gloriosa de la segunda mitad de los noventa. Vale la pena recordar esos fastos.

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