Justicia al rojo vivo: Fritz Lang y la crónica moral del film noir

«Fritz Lang es un director de una mirada exquisita y minuciosa. En cada película suya uno sabe que se va a topar con encantadores detalles que nos producirán sorpresa y satisfacción. A pesar de lo duras que pueden ser las historias que cuenta hay espacio para una sonrisa abierta, ése es un detalle que comparte con John Ford, por ejemplo».

Por Manuel Rosas Quispe | 24 marzo, 2026
Fritz Lang

En una de las extensas conversaciones que Fritz Lang mantuvo con Peter Bogdanovich en 1965 (conversaciones que luego se publicaron en el libro “Fritz Lang en América”, en 1967), dijo el maestro al hablar del género policial: “Cuando hago un film de crímenes le digo siempre a mi operador: ‘No quiero fotografía llamativa ni nada artístico, quiero fotografía de noticiero’. Porque creo que toda película seria que describa a la gente hoy, debería ser una especie de documental de su tiempo”. “The Big Heat” (1953) es un perfecto ejemplo de esa voluntad documentalista de Lang para el film noir. Con una estética de crónica de sucesos, Lang nos cuenta la odisea de un honesto policía de una ciudad ficticia llamada Kenport, pero que podría ser cualquier lugar del mundo, especialmente de esta parte del mundo, donde la corrupción vive enquistada en las esferas más altas del poder.

El policía se llama David Bannion y está interpretado por el siempre correcto y eficaz Glenn Ford. Bannion investiga el caso, aparentemente sencillo, del suicidio de su colega Tom Duncan. Pero a poco que tira del hilo, la madeja se va revelando como un sucio entramado de componendas y chantajes que involucra al propio cuerpo policial y llega hasta al fiscal del distrito. El caso es que un villano, Mike Lagana, acompañado, entre otros, de su salvaje secuaz, Vince Stone (qué gratificante alegría es siempre ver la dura apostura de Lee Marvin), tienen cogida la sartén por el mango y, prácticamente, Kenport les pertenece, a tal punto que asesinan a la esposa de Bannion e intentan conminarlo a que abandone el caso. Nuestro héroe, por supuesto, no cederá y con la oportuna ayuda de una examante de Stone (Gloria Grahame, ¡sic transit Gloria mundi!), desbaratará los planes de Lagana.

Como se ve, el guion no es especialmente sorprendente. La fuerza de la película no reside en la trama, sino en el carácter de denuncia social y de interrogante moral que la película adquiere conforme se desarrollan los hechos. Como en “Fury” (1936, primer largo de Lang en su etapa americana), cuando Spencer Tracy debe sufrir la “justicia” de un pueblo enloquecido y equivocado, aquí también la justicia es una mentira porque se ha vendido al mejor postor.

La figura del héroe que se enfrenta a ese monstruo de mil cabezas es todavía más trágica y la conexión con el espectador más intensa. ¿Qué imperativo moral seguir cuando las leyes ordenan callar frente a las brutales amenazas de un gánster? Las secuencias en que Bannion llega a su casa por la tarde, juega con su hija, prepara la cena con su esposa, es decir, disfruta del acogedor fuego familiar, son certeras e impecables porque preparan al espectador para asumir las cosas desde esa mirada. Cuando, después, vemos a su esposa morir en un fatal coche-bomba, ya estamos instalados en la mirada de Bannion y a partir de entonces su negativa a obedecer a sus superiores y su obsesiva determinación a enfrentarse al mal es también nuestro propio aliento.

Fritz Lang es un director de una mirada exquisita y minuciosa. En cada película suya uno sabe que se va a topar con encantadores detalles que nos producirán sorpresa y satisfacción. A pesar de lo duras que pueden ser las historias que cuenta hay espacio para una sonrisa abierta, ése es un detalle que comparte con John Ford, por ejemplo. En “The Big Heat” hay varias secuencias notables. Cuando Bannion visita al sórdido dueño del bar “The Retreat”, interpretado por el corpulento actor Peter Whitney, asistimos a una imposible entrevista en el que el villano, usando una vulgar cortesía, esquiva todas las preguntas del policía. “Usted debería estar trabajando en la radio” -le espeta Bannion- “tiene una gran habilidad para hablar mucho sin decir nada”.

Otro momento crucial, salvo que este es quizá el momento de toda la película, ocurre cuando el feroz Stone le vacía una cafetera hirviendo a Debby, a la sin par Gloria Grahame, esa belleza ida que es capaz de “sacar la barba del lodo de cualquier caballero andante” para decirlo al cervantino modo. Ella, Debby, demostrando que en la filmografía de Lang las féminas son fuerza y misterio en un solo puño, tomará cartas en el asunto, le pagará a Stone con la misma moneda (es decir, con el mismo café), con la cara vendada visitará a Bannion para hacer causa común: “Después de todo, es sólo una cicatriz de un lado de mi rostro. Supongo que puedo vivir la vida de lado”.

¿No hay algo de la desinhibida desenvoltura y del savoir vivre de Mae West en la Grahame? Después, ella visita a la vil viuda Bertha, le sugiere que son “hermanas” a fin de cuentas porque ambas se vendieron por un abrigo de visón y le descerraja un tiro sobre el traje, en el encaje. ¡Ah, qué maravillosa está Gloria Grahame en esta película! Qué fuerza emotiva. Ella es el gran calor, la pura transpiración, la fuerza motriz que convierte este thriller de Fritz Lang en una obra maestra.

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