Las luces y sombras de la conservación del patrimonio arquitectónico de Arequipa durante el tiempo de la pandemia.

El patrimonio de Arequipa y la pandemia

Por segundo año consecutivo, el patrimonio de Arequipa se enfrenta también a una pandemia sin precedentes en sus 481 años de fundación española. Las medidas de contención y la reducción de actividades económicas dejan efectos mixtos en el frágil equilibrio entre comercio y conservación del Centro Histórico de la ciudad blanca.

Informe
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La pandemia cambió la vida de Arequipa. Al igual que en todo el mundo, la irrupción del SARS-CoV-2 obligó a repensar la vida en la ciudad, con un confinamiento de meses que la población cumplió hasta que su economía se lo permitió. Solo entonces, miles se arriesgaron a abandonar la seguridad de sus viviendas, y aventurarse a las calles a buscar el sustento, ante al asedio del virus.

En medio de la guerra de desgaste en que nos sumió el coronavirus en sus primeros meses, vías y plazas de la ciudad blanca quedaron vacías, con sus comercios cerrados y calles desérticas. En la zona monumental, los edificios emblemáticos eran mudos testigos de una urbe desolada a raíz de la cuarentena, que también traería un impacto para su conservación.

El confinamiento y letargo inicial en que se sumió Arequipa, supuso una tregua para el patrimonio y el medio ambiente. De acuerdo con estudios del equipo técnico del Sistema Integrado de Transportes (SIT), al Centro Histórico ingresaban 7 mil vehículos por hora, de los que un 80% eran taxis y el 20% restante, autos particulares. Mientras que en un día llegaban a circular cerca de 400 mil personas, algunas de paso y otras con destino a sedes de comercios y entidades allí ubicadas.

La reducción de la actividad humana generó un efecto dominó en los indicadores de contaminación, que cayeron ostensiblemente. Los indicadores de material particulado en el aire (PM10) se redujeron hasta los 40 microgramos por metro cúbico, muy por debajo del límite máximo permitido (100ug/m3) en que oscilaban los valores estándar de la ciudad.

El silencio en las calles también reflejó el descenso en la contaminación auditiva. En algunas calles del Cercado, los decibelios registrados durante las horas punta del tráfico vehicular superaban los registros de fábricas industriales (70 db), que obligan al uso de protección auricular. Pero durante la cuarentena, se situaron en los 40 decibelios. No fue el único efecto positivo de la ausencia de vehículos. Sin su circulación en las calles del centro, no hubo vibración que afecte a las construcciones monumentales del corazón de Arequipa.

Reducción de demoliciones

Antes de la pandemia, eran comunes las denuncias de modificaciones de casonas, y en casos extremos, daban cuenta de sus demoliciones. Una práctica potenciada en las últimas décadas por el boyante movimiento económico en el área céntrica de la ciudad, donde construcciones antiguas son vistas como las víctimas perfectas de inversiones inmobiliarias que las reemplazan por galerías comerciales y edificios de oficinas.

Con la remisión de la mayoría de las actividades productivas, la presión comercial sobre el Centro Histórico amainó. Sin demanda de nuevos espacios, y con negocios abandonando sus locales, se redujeron los reportes de alteración o destrucción de casonas. Los procesos de investigación sobre daño al patrimonio que obran en la Dirección Desconcentrada de Cultura (DDC) cayeron de 80 en el 2019, a 14 entre el 2020 y 2021. Estos últimos corresponden a casos de poco impacto, como colocación de estructuras menores en casonas, o afectaciones recuperables a zonas arqueológicas.

Las inspecciones de la DDC y de la comuna provincial revelaron que algunas obras se realizaban en edificaciones modernas, con modificaciones previas, y que solo conservaban las fachadas originales. En otros casos, las inspecciones inopinadas de ambas entidades detuvieron trabajos antes que ocasionaran daños irreversibles.

La reapertura de comercios y reactivación económica no ha cambiado esta situación. Aunque la población regresó a ocupar las calles de la ciudad, no se han registrado mayores afectaciones en construcciones con valor monumental. En parte, por la baja en la demanda de locales comerciales, producto de las restricciones sociales dictadas por el gobierno.

Claroscuros para el patrimonio de Arequipa

En el recuento de los daños, las posturas respecto a la conservación del patrimonio en los últimos 17 meses son variadas. Por una parte, existe una valoración positiva de la tregua que supuso la cuarentena y las restricciones para la zona monumental de Arequipa.

En ese sentido opina el exgerente del Centro Histórico, el arquitecto William Palomino Bellido, especialista en conservación del patrimonio. Su gestión abarcó la primera etapa del estado de emergencia y culminó a finales de año. Durante ese tiempo pudo constatar algunos efectos favorables ante la reducción de las actividades económicas en el Cercado.

Esto se ve reflejado en la reducción drástica de las llamadas “enfermedades” del patrimonio, provocadas por agentes contaminantes propiciados por la actividad humana. Patologías como la pátina negra, que recubre paredes de edificios monumentales y que obliga a pulirla anualmente para restaurarla. Con la reducción de 60% de contaminación respecto al 2019, no fue necesario. Incluso se registra un ahorro en cuanto a la conservación de fachadas por parte de propietarios.

El cambio en la movilidad tuvo un impacto particular, no solo limitado a la reducción en vibraciones y emisiones de gases contaminantes. Durante los meses iniciales del confinamiento, la población se trasladó a pie o en bicicleta en calles seguras para su circulación. Sin el asedio de taxis, el patrimonio vivo de Arequipa -su gente- tuvo condiciones más favorables para su desplazamiento.

Mientras que, en la construcción y modificación de casonas, no se comprobaron incidentes mayores. En el transcurso de su gestión durante la pandemia no se produjeron daños drásticos a edificaciones patrimoniales del Cercado. Salvo cerca de 10 incidentes relativos -a lo sumo- a modificaciones en vanos de puertas.

Empero, efectos negativos se harían visibles en el mediano y largo plazo. Para el subdirector de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Arequipa, arquitecto Gonzalo Ballón, la reducción de actividad comercial traería problemas posteriores en la conversación de edificios valiosos.

Los problemas económicos obligan a los inquilinos a abandonar sus locales, que son puestos en alquiler por sus dueños. En caso no puedan arrendarse, el financiamiento de su mantenimiento quedaría afectado. Un deterioro por visibilizarse dentro de medio año, aproximadamente.

Pero la mayor rotación en los ocupantes también supone riesgo. Sin estabilidad económica para los negocios, y una seguidilla de nuevos caseros, aumenta la probabilidad de mayores modificaciones. Algo visto en algunos locales de calle Bolívar, donde se instalaron chimeneas en restaurantes que modificaban las construcciones.

Por otra parte, una disminución en el uso de espacios públicos eleva el riesgo de decaimiento. Es el caso de las iglesias situadas en el Cercado. Con la reducción de aforos y de misas, la recaudación de recursos propios cae y repercute en los fondos destinados a restauraciones y mantenimientos.

Hay otros casos donde no se tiene acceso a ciertas construcciones y estos efectos no son visibles aún, por lo que se desconoce el estado real de inmuebles. Algo que será visible recién dentro de un año, en el mejor de los casos.

En los últimos meses, la reactivación económica en que ingresó el país, también ha alcanzado a la conservación del patrimonio. Arequipa fue seleccionada para un fondo de conservación de centros históricos de 50 millones de dólares, financiado por Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

La iniciativa supone la rehabilitación de zonas monumentales, pero también el patrimonio cultural vivo e inmaterial de las ciudades. La propuesta de las zonas a intervenir aún no está definida, pero por el momento se evalúa proponer el entorno del mercado San Camilo y las tres últimas cuadras de calle La Merced. Una inversión necesaria en conservación de una ciudad que debe resguardar su denominación de Patrimonio Cultural de la Humanidad.

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