Crónica ganadora del X Concurso Literario El Búho: “Las ollas vacías dan más hambre”

Luego de una ardua deliberación en la categoría Crónica, el jurado calificador otorgó la categoría de Ganador al trabajo "Las ollas vacías dan más hambre". Además, otros tres trabajos fueron laureados con Mención Honrosa.

Crónica Letras

El pasado martes 15 de febrero se dio a conocer los resultados de la Décima Edición del Concurso Literario “El Búho”, que promueve este medio de comunicación. Luego de una ardua deliberación en la categoría Crónica, el jurado calificador otorgó la categoría de Ganador al trabajo “Las ollas vacías dan más hambre”. Además, otros tres trabajos fueron laureados con Mención Honrosa.

El jurado calificador estuvo integrado por los reconocidos periodistas Marco Sifuentes y Diego Salazar, junto a la promotora cultural y editora Julia Barreda.

Los trabajos presentados en la categoría Crónica fueron numerosos pues, a diferencia de ediciones anteriores, esta vez la convocatoria se extendió a nivel nacional, pudiendo participar todos los periodistas y escritores de las regiones del Perú, con excepción de la capital.

Así se cumplió una edición más de este concurso iniciado cuando El Búho era semanario y con una gran convocatoria en cada edición, puesto que no existen incentivos para este tipo de producción literaria y periodística en las regiones del Perú.

Sobre el autor ganador de la categoría

ganador crónica

Christian Ramos es un periodista de 28 años. Estudió en la Universidad Nacional de San Agustín, hizo una pasantía a la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente estudia una maestría en Educación Superior y labora en la edición regional de Radio Programas del Perú.

Participó en la categoría Crónica bajo el seudónimo: Cri Cri

Crónica: Las ollas vacías dan más hambre

Los huesos que hierven dentro de una olla de metal cubierta de barro sirven para darle algo de sabor al guiso de fideos que comerán ochenta familias esta tarde. Saciar el hambre, es la consigna. Cocinar en conjunto, una orden. Comprar carne de res o pollo, un imposible. Lo más caliente, un caldo de fideos. Lo más frío, los niños sin abrigo. Así transcurren los días en la olla común «La Cuarentena», creación heroica de las madres de la Asociación de Vivienda José Luis Bustamante y Rivero en el extremo norte de Arequipa.

Dice Elena Cruz que comprar huesos por kilos es la alternativa que hallaron al no tener dinero para conseguir algo de carne. Apenas recolectan cincuenta soles diarios y les tiene que alcanzar para alimentar a cerca de doscientas bocas. Elena motivó a sus vecinas para crear y sostener la olla común en plena pandemia cuando sus esposos murieron por el virus o se quedaron sin trabajo.

Las mujeres se turnan para ir al mercado y cocinar. Se levantan muy temprano, caminan un kilómetro desde su pueblo de calles sin asfalto para subir a un bus que las lleve hasta los mercados de la avenida Avelino Cáceres donde los huesos y verduras cuestan más barato. Es una hora de ida y otra hora de vuelta.

Algunas familias que no pueden dar dinero, aportan algunas cebollas, papas, arroz, azúcar, menudencias de pollo, entre otros productos para la olla. «Está olla ha dado de comer a muchas bocas en esta pandemia», dice Elena Cruz, quien hace poco cumplió 52 años. Tiene dos hijos y la pandemia le puso un reto: organizar a las mujeres de su pueblo para alimentar, sobre todo, a los niños y ancianos, aunque al final, todos los miembros de las familias terminaron haciendo fila con su plato en mano al frente del local de «La Cuarentena».

Llevan un año y siete meses cocinando a leña. También es bueno el cartón, retazos de camas de madera o cuadernos viejos de sus hijos para atizar el fuego. Les importa más que sus ollas no estén vacías a que el humo les haga daño a sus ojos o les provoque una futura fibrosis pulmonar. «Nos importa más la otra pandemia, la del hambre», dice Elena.

El local de «La Cuarentena» está en una explanada de unos ochenta metros cuadrados. Es un ambiente de calaminas, madera y techo de rafia que sólo cubre una parte.

Una mañana de setiembre encontramos a Elena Cruz, María Capio y Vanessa Mamani, entre otras mujeres, alistando una olla de avena y pan seco para repartir a sus vecinos. Hay varios ancianos que fueron abandonados por sus hijos, a ellos se les lleva el desayuno a sus casas.

Antes de la peste, estas vecinas casi ni se saludaban. Cada una se dedicaba a su familia y cocinaban por separado. El hambre y la necesidad las obligó a unirse y organizarse. Así nació «La Cuarentena», el 15 de abril de 2020.

Por la falta de apoyo y dinero, otras ollas comunes tuvieron que cerrar. Abel Capira, secretario del Frente de Defensa de las Ollas Comunes, dice que hubo hasta 130 ollas comunes en Arequipa. La mayoría se crearon en los pueblos jóvenes que ocupan las faldas de los volcanes Misti, Chachani y Pichu Pichu.

Vanessa Mamani, mesera de oficio, llegó hace diez años junto a su padre a vivir cerca de donde se ubica «La Cuarentena». En esa época, pocas familias vivían en estas tierras. La mayoría eran migrantes de la zona andina que buscaban un mejor futuro. Los vecinos le ayudaron a construir su hogar con piedras y calaminas. Luego de cinco años, conoció al padre de su hija, pero de esa experiencia prefiere hablar poco. «Yo trabajaba para mantener a mi papá y mi hija y él sólo regresaba a golpearme y pedirme plata», recuerda.

Hace tres años no sabe nada del padre de su hija, prefiere estar así. Sentirse viuda.

Vanessa vendía salchipapas y también trabajaba en restaurantes y preparaba desayunos rápidos. Así pudo sostener a su familia, pagar el colegio de su hija y hasta ampliar su humilde vivienda con calaminas usadas.

Cuando empezó el estado de emergencia, un 15 de marzo de 2020, los restaurantes donde trabajaba cerraron y los soldados y policías no le dejaron vender desayunos en las calles. Su hija dejó de ir al colegio. Vanessa pensó que la cuarentena duraría 15 días, como lo había anunciado el expresidente, Martín Vizcarra. Fueron días, semanas, meses y así pasó un año de confinamiento hasta que su padre se infectó con el virus. Para ese momento, no tenía dinero, no pudo comprar un balón de oxígeno medicinal. Su padre, un albañil de 70 años, falleció en sus brazos esperando atención médica.

«Tengo miedo, mamita, nunca me dejes, me decía mi hija», recuerda Vanessa mientras prepara el desayuno en la olla común. El humo cubre todo su cuerpo y tose detrás de su mascarilla vieja. «Los niños son los que no aguantan el hambre, ellos no endienten de que no hay pan para todos», dice con angustia.

Vanessa y sus vecinas forman parte del 31,5% de personas que perdieron su trabajo en 2020, según la Sociedad de Comercio Exterior del Perú (Comex). Le perdieron el miedo a contagiarse. «No nos matará el virus, nos matará el hambre», repite.

En Cerro Colorado, donde vive Vanessa y sus vecinas, existen nueve ollas comunes registradas en el municipio distrital, pero algunas tuvieron que cerrar por falta de apoyo y por la indiferencia de las autoridades. «La Cuarentena» es una de las ollas comunes que se aferró a la vida con la ayuda de empresas privadas.

A una hora del centro de la ciudad, en las faltas del volcán Chachani, en el distrito de Cayma, Alex Busuttil, un sacerdote misionero de 63 años, natural de Malta, junto a un grupo de madres, crearon varias ollas comunes.

Cuando inició la emergencia, el sacerdote, conocido como «El ángel de las ollas comunes» movilizó su fe evangélica por mercados, empresas, municipios y logró conseguir la donación de víveres, cocinas, ollas, cucharones, para tres mil familias del distrito de Cayma.

«Hay señoras detrás de mí que hacen esto posible, son luchadoras, sin ellas no hubiese podido seguir. Gracias a Dios estamos bien», dice mirando al cielo.

Busittil trabaja junto a Gregoria Quispe, madre de tres hijos y dos nietos. Es la encargada de 17 ollas comunes. Antes de la emergencia, ella no tenía mayores problemas económicos. De hecho, disfrutaba viajando a diferentes ciudades. Pero la desesperación, el encierro y el hambre de sus vecinos hizo que empiece a organizarlos para alimentarse. Se unió al esfuerzo de Busittil. «El padre Alex es un ángel caído del cielo. Todos lo queremos aquí», dice.

«Los Jazmines», es unas de las ollas comunes que crearon Busittil y Gregoria. Una noche, en medio del frío y de la oscuridad, el local fue incendiado por una disputa de terrenos. La desgracia no detuvo a las madres y, sobre las cenizas, continuaron cocinando. A la mañana siguiente el menú fue una sabrosa Matasquita.

Así no tengan carne para mejorar la ración diaria, las madres de «La Cuarentena» o de «Los Jazmines» saben que los huesos de res siempre serán buenos para darle más sabor al menú. También saben que, en Perú, el país del boom gastronómico y de los mejores chef y restaurantes de Sudamérica, las ollas comunes merecen más que un reconocimiento a la supervivencia.

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