Los gobiernos progresistas ¿Un segundo momento para hacer correcciones?

" las elecciones que se vienen, como la de Brasil; dan espacio para hablar de un nuevo momento de gobiernos progresistas en la región"

Columnista invitado

El reciente triunfo de Gustavo Petro, en la hasta ahora conservadora Colombia, precedido de la llegada a la presidencia de Gabriel Boric en Chile, Xiomara Castro en Honduras (la primera presidenta mujer en la historia de ese país), a lo que le podríamos sumar otros países y las elecciones que se vienen, como la de Brasil; dan espacio para hablar de un nuevo momento de gobiernos progresistas en la región.

Por supuesto, en medio de todo esto, se abren varias discusiones importantes. En un interesante artículo, Nicolás Lynch1 apunta que “este triunfo es parte de una tendencia que ya parece imparable y que tiene, aunque muchos insistan en que nos olvidemos, un cuarto de siglo en América Latina”. Más adelante señala que “El ciclo entonces que se quiso ver finalizado con el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff en mayo de 2016, ha pasado a ser una primera fase de lo que parece afirmarse como una tendencia en la región, el avance de una propuesta democrática con justicia social y soberanía nacional. El triunfo de Gustavo Petro, en un país como Colombia en el que esto parecía impensable hasta hace muy poco, hace ver que se trata de una tendencia que ya no parece conocer límites”. 

Si bien se podría discutir las características del ciclo, si es uno solo o con fases que simplemente tiene algunos breves intervalos por derrotas electorales o, si estamos hablando de una izquierda que se va habituando a la alternancia y que está abierta a la posibilidad de ser derrotada en las urnas, dejar de ser gobierno y pasar a ser oposición política, sin que eso signifique arrear las banderas del proyecto político. 

Lo que sí es más complicado aceptar es que estamos frente a una tendencia imparable que, como menciona Lynch, “ya no parece conocer límites”. ¿Demasiado optimismo? Es posible. Pero el problema es que una afirmación de este tipo nos puede llevar a no reconocer que el anterior ciclo o fase progresista tuvo serios límites y se cometieron graves errores que esperamos se puedan corregir en esta nueva etapa; tanto por la nueva generación de gobernantes de izquierda que acaban de ganar elecciones en sus países, como por los que ya gobernaron y están a punto de regresar, y los que seguramente regresarán más adelante.

La necesidad de identificar errores 

Los problemas de la primera fase de gobiernos progresistas no solo han sido los giros autoritarios de gobiernos como el de Nicaragua o Venezuela. Zanjar con lo que pasa en ambos países no es suficiente. Para lo que se viene es necesario identificar con precisión los principales errores cometidos. Intentaremos señalar algunos de los más importantes.

Siempre se dice que el conjunto de gobiernos progresistas no fue homogéneo, lo cual es cierto. Sin embargo, los propios procesos tampoco lo fueron. Como subraya Mássimo Modonesi2, en todo el ciclo se puede identificar períodos progresistas y también períodos abiertamente regresivos: por ejemplo, al inicio hay un momento claramente progresista caracterizado por la derrota de las derechas; el giro económico; el desmontaje neoliberal (o por lo menos algunos de sus componentes); las derrotas de los intentos golpistas, los procesos constituyentes -sobre todo los de Ecuador y Bolivia- los derechos de la Naturaleza; etc.

En esta etapa inicial, los actores sociales que fueron claves para la llegada de los gobiernos progresistas (los cocaleros y los protagonistas de la guerra por el agua en Bolivia; los trabajadores sin tierra y el movimiento obrero en Brasil; los piqueteros en Argentina; el movimiento indígena en Ecuador, entre otros) todavía mantenían niveles de articulación y movilización. Sin embargo, subraya el mismo Modonesi, los gobiernos terminaron priorizando un manejo político que asumía que el Estado era el lugar por excelencia de la dinámica política/social, lo que significó que muchos de estos gobiernos comiencen a bajar la intensidad de la movilización social y política. 

Es importante subrayar que si bien muchos de los gobiernos progresistas significaron cambios profundos en la representación y la vida política de sus países, lo mismo no ocurrió en el campo económico: las estructuras de poder económico, en la mayoría de casos, no cambiaron sustantivamente. Como señala Stalin Gonzalo Herrera para el caso ecuatoriano: “El resultado final es paradójico: las reformas sirvieron para restructurar las condiciones de vida de la población, pero al mismo tiempo mejoraron los ingresos de las élites y eso les ha permitido recuperar espacio que habían perdido en el neoliberalismo…”3.

En Bolivia, a pesar de los importantes cambios ocurridos, Evo Morales terminó implementando una estrategia de acercamiento a los empresarios e hizo suya; antes de su tercera reelección, una hoja de ruta que estos le plantearon. Lo cierto es que en el 2014 e incluso antes, obtuvo el respaldo mayoritario de los departamentos de la denominada media luna, que habían sido tenaces opositores -Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija-. En realidad, se pueden hacer dos lecturas de la tercera elección de Morales: la primera es que el líder del MAS terminó imponiéndose en la media luna y la otra es que los grupos de poder económico de esos departamentos terminaron entendiendo que el gobierno les daba la estabilidad que nunca habían tenido para el desarrollo de sus actividades y así consolidar su poder económico.

Con diferentes variantes, en Venezuela se acuñó el término de boliburguesía, para identificar a los diferentes sectores beneficiados por el régimen. Y en Brasil el gobierno del PT tuvo un manejo pragmático de la economía, con una aproximación al empresariado respaldando su expansión; sobre todo en el ramo de la infraestructura a nivel continental, con las consecuencias que ya conocemos. 

Ciclo progresista acompañado de precios altos de las materias primas 

Si bien toda la región, al margen de la orientación política de sus gobiernos, se volvió más extractivista de lo que era antes, lo cierto es que tomando variables claves -como el porcentaje de las materias primas en las exportaciones, en el producto bruto interno y en los ingresos fiscales-, tres países llevaron la delantera: Bolivia, Ecuador y Venezuela. Lo cierto es que el súper ciclo de precios altos de las materias primas les dio holgura a los gobiernos progresistas -también a los conservadores-; la fuente de ingresos estaba asegurada para financiar el proceso político y optaron por una suerte de conformismo y pasividad (¿revolución pasiva?), al mismo tiempo que flexibilizaron muchas regulaciones ambientales y recortaron derechos.

Una de las primeras crisis que enfrentó Lula durante su primer gobierno fue precisamente por dar luz verde a proyectos de infraestructura -presas y carreteras- en la selva amazónica. Y cuando optó por separar la agencia de certificación ambiental del Ministerio del Ambiente para acelerar la aprobación de proyectos de energía.   

En ningún caso se buscó modificar la matriz productiva y, más bien, se optó por profundizar la dependencia de los sectores extractivos. Algunos ejemplos: la propuesta del Yasuni, que buscaba proteger la Amazonía ecuatoriana, fue dejada de lado por el gobierno de Correa que, además, buscó complementar la extracción de hidrocarburos con la minería metálica, enfrentándose abiertamente a los pueblos indígenas y ambientalistas.

El conflicto en el Territorio Indígena del Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) por la construcción de una carretera enfrentó al gobierno de Evo Morales con los pueblos indígenas del departamento del Beni. El denominado Arco Minero en el Orinoco, una de las zonas de mayor biodiversidad de la región, fue declarado por el gobierno venezolano como un territorio bajo control de las fuerzas armadas para garantizar la inversión extranjera, subordinando los derechos de los pueblos indígenas al objetivo de atraer inversión minera. No hay que olvidar que Venezuela abandonó el año 2013 la Convención Interamericana de Derechos Humanos.   

Todo esto provocó un aumento de la conflictividad social en los países. Si bien no es una particularidad de los gobiernos progresistas, en estos países también se diseñaron políticas que significaron una clara afectación de derechos, principalmente de comunidades campesinas y pueblos indígenas, impactando importantes ecosistemas y depredando la Amazonía. Gudynas señala con razón que “los progresismos terminaron distanciándose de actores sociales clave, como indígenas, campesinos, ambientalistas o feministas”4   

En suma, como sostiene Edgardo Lander5, pese a las diferencias que marcaron los gobiernos progresistas, sobre todo en la primera etapa, luego se fueron diluyendo esas diferencias en la etapa regresiva y comenzaron a aparecer temas comunes a los otros gobiernos de la región: corrupción; extractivismo; afectación de derechos. Además, muchas transiciones políticas y relevos de liderazgos, no fueron bien manejados; se impuso una lógica caudillista y, con interpretaciones auténticas se impusieron re-re-reelecciones, contradiciendo las propias Constituciones que habían aprobado. En este campo y en sentido opuesto y positivo, es importante reconocer la experiencia del Frente Amplio uruguayo.

Los retos y expectativas del nuevo ciclo

El mensaje de Gustavo Petro, luego de confirmarse su triunfo, es lo mejor que le hemos escuchado a un gobernante de izquierda en la región. Un mensaje que representa un balance de las experiencias previas de los gobiernos progresistas y la necesidad de construir otras salidas; “Al progresismo de América Latina le propongo dejar de pensar la justicia social, dejar de pensar la redistribución de la riqueza, dejar de pensar que es posible un futuro sustentado sobre la base de los altos precios del petróleo, o del carbón o del gas. Porque es insostenible para la existencia humana”. “Una América Latina productiva y no extractivista, una América Latina que profundice el conocimiento hasta las máximas esferas del saber de la humanidad; una América Latina que gracias a sus raíces negras e indígenas le pueda proponer al mundo un verdadero reequilibrio con la naturaleza para poder vivir; para poder existir.”

Como menciona Carlos Monge6, la tarea propuesta por Gustavo Petro de impulsar esta transición “es monumental y ciertamente sin garantía de éxito”. Sin embargo, no hacerla garantiza con seguridad el fracaso y le resta contenido a cualquier propuesta de cambio verdadero. Habrá que ver cómo se confirman los anuncios del electo presidente colombiano.

Para comenzar no le será sencillo encontrar aliados. De hecho la propuesta ha sido criticada por el propio Lula Da Silva, que la ha calificado de irreal; y gobernantes como López Obrador de México y Fernández en Argentina, siguen apostando por los hidrocarburos tradicionales y no tradicionales. En todo caso, que quede claro que hablar de transiciones no significa parar en seco todo tipo de actividad extractiva. 

A estas alturas es largamente insuficiente hablar de una izquierda gobernando en base a una propuesta con justicia social y soberanía nacional. A la histórica bandera de la justicia social se le deben agregar otras, como la de la justicia ambiental, la de género; la de una matriz productiva diversificada y sostenible, etc. Hay que darle contenido a una propuesta de transiciones; éste es parte del reto pendiente para el progresismo en la tercera década del siglo XXI.

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1 En Otra Mirada (26 de junio de 2022): “Triunfo de Petro: ¿hecho aislado o tendencia regional?”. 
2 “Más allá de los progresismos: crisis de hegemonía y fin de ciclo en América Latina. Entrevista de Anahí Durand para el número 2 de Ojo Zurdo. Octubre-Diciembre de 2016.
3 Sociólogo e investigador asociado del Instituto de Estudios Ecuatorianos.
4 En “Los progresismos sudamericanos: ideas y prácticas, avances y límites”. Entrepueblos. 2016 
5 No es cita textual. Conversación con Ernesto Lander en la ciudad de Lima (2016).
6 En La Mula: “Gustavo Petro coloca la transición energética justa en el centro de la agenda regional” (junio 2022). 

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