Del militar, su segunda fase

Gárgola sin pedestal

Corría el año 2000,  se desmoronaba el régimen de El Alberto y, en el mes de los milagros se le abrió la suerte al Comandante: salió de maniobras sin permiso y el paseo se convirtió en “insurrección”. El viejo sueño de los camaradas, tomar el enclave imperialista de Toquepala, se hizo realidad. Entraron el Comandante y sus reclutas, tomaron su gaseosa, le arrancaron al Imperio sánguches y se fueron maniobrando por donde entraron. Aquí, en El Búho, algunos vieron con simpatía la gesta. Aquí también escribí en ese entonces que sólo era humo, el humo de Humala.

Mucha agua ha pasado por el puente, desde el arrebato militar. Pero la marca fundacional del personaje no se ha desvanecido y, como es natural, lo sigue adonde vaya. Claro que en el camino de maniobras ha ido cambiando de reclutas: la izquierda bermeja, la izquierda rosada, la izquierda del centro y hasta la izquierda de la derecha. Pero no ha cambiado de pedido: En Toquepala le pidió al Imperio merienda y ahora, en la casa de Pizarro, pide el último sánguche McDonald’s: inclusión.

Y le han cumplido: Escuché hace poco a un prominente vocero de los dueños del Perú declarar orondo ante los inversionistas en Londres: “Podemos estar tranquilos, el único izquierdista que queda en el gabinete es el Comandante;  y él sabe, que no puede hacer nada”.

Con lo cual las cosas quedan claras, la inclusión está hecha, en tanto y en cuanto, él ha sido incluido. Renovarse es vivir, dicen con algo de razón los optimistas, pero para los mamones/dueños del Perú la mutación es aún más importante, renovarse es sobrevivir. Y en eso, hay que reconocerlo, tienen un gran arte. Cuando sienten que la hacienda se les está yendo de las manos, infunden a sus pongos nuevos evangelios. Recuerde el lector al ex presidente AT y su discurso del “chorreo”; que obviamente quedaba más bonito y justiciero que un seco: “Y cómo es la mía pe”. Por el mismo derrotero está la novedosa “inclusión”; por supuesto mucho más elegante que un simple: “A mí también, pe”.

El asunto no es muy complicado, solo hay que tener memoria y anotar en una tarjeta, los distintos nombres que se dan para una misma cosa. Como no se puede dar Justicia y Equidad, porque eso es lo máximo, hay que ser prácticos y realistas; no hay que ponerse a lo María Antonieta y ofrecer tortas cuando el populacho solo pide pan.

¡Tranquilos!, si piden sentarse en la mesa de la riqueza, vengan, aquí tienen su mendrugo/chorreo/inclusión. Que si la indiada está alborotada y no ha hecho caso a las balas; ¡tranquilos!, vengan, que aquí les hemos puesto una mesa, no para comer sino para que se cansen y allí sale una mesa bien chévere marca “Acuerdo Nacional”. Y vuelve la renovación: de la misma mueblería sale otro modelo de la misma mesa, —marca chévere también—; es igualita, pero el modelo se llama: “Diálogo”; y que viva la conversa, la mesa y los manteles; y que viva el intercambio de palabras; conversemos, conversemos y descansemos y que el tiempo vaya pasando.

Que la oprobiosa Telefónica sigue mordiendo la renta básica. No,  que ya no; mira que ahora ya no existe; bueno, es cosa de elegir; mira que puedes optar por estas y otras opciones y mira pacá, no, no,  mira pallá; ¿a ver dónde está la renta básica?, ¿dime,  dime, en que mano está, aquí o allá?, ¿ves que ya no está?, ¿no, sí?, ¿que sí está? No, a ver, comencemos de nuevo. ¿Cómo dijo que quería?, ¿Qué quería agua y no oro?, ¿A ver en qué mano está el agua?, ¿Dónde el oro? ay, pero si todo lo que brilla no es oro…
Todo estaría bien, si todo fuera una parodia; pero no lo es. El primer servidor del Estado no es diferente del ejército patético de oportunistas que pululan en todos los cargos públicos; una vez montados en la ubre creen ser otros, pero no lo son.

Siempre he tomado por válido, el consejo de los viejos matreros que han lidiado con éxito dentro del mundo de los falsarios: “Cuando trates con uno de éstos, nunca le des mucho terreno, déjalo que hable, pero no lo dejes avanzar. Si no avanza, conserva la vergüenza, se modera y no hace daño; pero si lo dejas mentir del todo, pierde el rubor y entra a la fase conchuda: se vuelve sinvergüenza y de allí no hay quien lo saque”.

El ex presidente AG —con todo su bagaje retórico— se tomó un cuarto de siglo en transitar la ruta de gran ilusionista a falsario político profesional. Cuando fue electo por segunda vez, el electorado sabía que AG les estaba vendiendo la misma ropa que ellos tenían puesta. El modesto comandante ni siquiera tenía la habilidad de mentir y ahora, —que miente como debe—, incluso sus abandonados reclutas lo consideran un secuestrado.

Pero el secuestrado goza de buena salud y como buen hombre de infantería es de pocas palabras, en menos de un año ha pasado a la fase carente de vergüenza: “¡A ver, tropa!, ¡a alinearse que esta vaina/país no se arregla de la noche a la mañana!”.

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