Anécdotas históricas: pasó por Arequipa el Mariscal emitiendo una señal

"Benavides y Haya se entendieron, aunque mutuamente se neutralizaron: Haya sacó la promesa de Benavides de no ser candidato y Benavides se lo prometió siempre y cuando que Haya tampoco fuese candidato. Los dos cumplieron y, meses más tarde, convinieron en proponer y apoyar como candidato presidencial a Bustamante y Rivero"

Historia

El 17 de julio de 1944 aterrizó en las faldas del Chachani , en Arequipa, un avión Panagra que hacía una de sus escalas de su largo viaje de Buenos Aires a Lima. En el aparato volador viajaban el mariscal Oscar R. Benavides y su esposa Paquita. El expresidente Benavides era el Embajador del Perú en la Argentina y viajaba a Lima para ver cómo estaba el ambiente político, pues en su marcial corazoncito quería ser candidato a la Presidencia en las elecciones de 1945.
Como en el Perú los ex presidentes no hacen caso al dicho que dice toda repetición es una ofensa… y ofenden nomá, perdón, repiten, no más…y lo que es más peyor, los electores los güelven a elegir porque el amor serrano tamién se practica en política; los arequipeños se alborotaron por este raudo paso del mariscal.

Y no va a ser: presidente y, entonces, autoridades políticas, civiles y militares, presidentes de instituciones sindicales, empresariales, culturales y deportivas, amén de un sinfín de personas fueron hasta el aeropuerto a recibir y saludar al ex y posible próximo Presidente de la República. Aterrizó el avión y cuando apareció el candidato, perdón, el ex, y su esposa Paquita, los vítores estremecieron al Chachani, que imperturbable era indiferente a las veleidades humanas. Los viajeros se apearon del pájaro metálico, se estrecharon en abrazos y apretones de manos con los principales del gentío, subieron d´i´anuevo al avión y se fueron.

BENAVIDES Y HAYA: ¡NO QUIERO, NO QUIERO, Y ÉCHENMELO AL SOMBRERO!

Y ya que les he conta´o este raudo paso de Benavides por Arequipa, veamos qué hizo en Lima. Se entrevistó con el Presidente Manuel Prado y se ofreció ser “su” candidato y el del ejército para las elecciones de 1945. Prado, diplomáticamente, se lo quitó de encima diciéndole que por lo que sucedía en el mundo (la segunda
guerra mundial contra el nazismo y fascismo) y el alineamiento de su gobierno con las fuerzas aliadas que eran democráticas, su sucesor tenía que ser un civil. Con las cajas destempladas y el quepí desencajado Benavides se retiró de Palacio de Gobierno.

Repuesto del desengaño palaciego, caviló y caviló el mariscal, hasta que después se le prendió el foquito: aliarse con los apristas con los que había combatido a sangre y fuego en su gobierno, prometiéndoles que si le daban los votos él los legalizaría y protegería desde el gobierno. Como Haya de la Torre, el jefe máximo y factótum de los apristas, también quería conversar con el mariscal para ver si el ejército por fin lo perdona y le levanta el veto político y le permite ser candidato presidencial, fue fácil que pactaran una y viarias entrevistas (en la siguiente
anécdota les cuento algo de la primera entrevista).

No voy a entrar en detalles, Benavides y Haya se entendieron, aunque mutuamente se neutralizaron: Haya sacó la promesa de Benavides de no ser candidato y Benavides se lo prometió siempre y cuando que Haya tampoco fuese candidato. Los dos cumplieron y, meses más tarde, convinieron en proponer y apoyar como candidato presidencial a Bustamante y Rivero.

BENAVIDES Y HAYA… Y LA MUERTE COMO GUACAMAYA

En enero de 1945, dos enemigos políticos encarnizados: el mariscal Benavides y Haya de la Torre se necesitaban mutuamente. Los dos querían ser candidatos a la Presidencia de la República en las elecciones de ese año. El mariscal, que en su gobierno había puesto fuera de la ley y perseguido implacablemente a Haya y al Partido Aprista, sabía que la mayoría de votos los tenía Haya. Y Haya sabía que el mariscal tenía buen predicamento entre los militares que lo tenían vetado. Se buscaron, hasta que, por fin, concertaron una cita en casa de Alberto Ulloa
Sotomayor.

Llegada la noche del encuentro, la expectativa de ellos y su anfitrión estaba al tope ¿qué se dirían los encarnizados enemigos? Se encontraron y Haya rompió el hielo con un cumplido: “¡Qué bien está usted, Mariscal”. Y Benavides, poniendo en práctica aquello de que la mejor defensa es el ataque, en forma supuestamente paternal, le replicó: “Pero usted está muy gordo, Víctor Raúl. Hay que cuidarse!”. Lo que son las cosas. Benavides falleció en forma súbita pocos meses después de ese encuentro y Haya, siempre subido de peso, siguió viviendo por treinta y cuatro años más.

(En las citas textuales de esta obra se respeta la ortografía de los originales)

Juan Guillermo Carpio Muñoz
Texao. Arequipa y Mostajo. La Historia de un Pueblo y un Hombre
Tomo VIII. Págs. 49 – 51

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