La Plaza y sus habitantes: crónica de un paisaje anunciado 

Existe un lugar emblemático que lo reúne todo y lo muestra con desenfado y timidez, con soberbia y humildad: la Plaza de Armas de Arequipa.

Intenta estar lo más cómodo posible, pero se mueve como que algo le molestara, es la sed. Entonces coge un recipiente y camina para llegar hasta donde pueda llenarlo de agua, regresa, se acuesta y bebe mientras intenta dormir. 

Esta escena no corresponde a una casa y a un ciudadano cualquiera, corresponde a la Plaza de Armas de Arequipa y a uno de sus habitantes. Se trata de un señor de aspecto andino y de unos 50 años que acurrucado en uno de los portones del Portal de San Agustín fue incitado por su sed a coger una botella descartable vacía y cruzar la plaza hasta la pileta, para allí llenarla de agua y regresar. Otra vez acostado, bebe, “si no he muerto hasta ahora, nada me puede matar” parece decirnos su actitud. 

Él, como su compañero de puerta, están tapados con cartones y costales en los que introducen los pies y luego amarran para no correr el riesgo de destaparse en las frías noches de este invierno. 

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La gente pasa a su costado, los que no salen mucho se les quedan mirando, los asiduos pasan como si no existiesen, ellos parecen solo querer que los dejen dormir en paz. Son las 10:30 de la noche y hay que levantarse temprano. 

En el Portal de Flores, alguien ya les ganó el sueño y completamente cubierto duerme a pierna suelta, cerca de él un caballero que debe tener 70 años descarga sus pertenencias para armarse una “cama”, minutos antes fue desalojado de una de las puertas de la Catedral por alguien que reclamaba ese lugar como suyo, “hace años que vengo a dormir aquí, así que este sitio me pertenece”. Más tarde, el reclamante se echaría a dormir sin abrigo alguno, a su costado dormía otro a quien seguramente envidiaba sus cartones y plásticos viejos, “por qué algunos tienen tanto y otros nada”, acaso se preguntará. 

Pero un poco más allá está el pituco de la zona, con casaca, zapatillas y una frazada descansa como si estuviera en su casa, de hecho, estaba en su casa. 

Por su actitud estas personas deben dormir en la plaza desde hace mucho, conocen el terreno y se preparan con lo que pueden para la odisea, pero hay otros que recién se inician en estas lides y se sientan en los bancos o al pie de alguna puerta, y así no más, sentados y con la poca ropa que llevan puesta se quedan dormidos. Entre estos, hay una señora de alrededor de 60 años que por su rostro parece que hace mucho dejó de ser la madre y la hija de alguien. 

Ateridos, hambrientos, cansados, duermen estos habitantes nocturnos de la plaza noche tras noche. Esa, sin embargo, para nosotros, no fue la mejor; dormir en una cama nos pareció casi un pecado; pero pronto olvidaremos estas escenas que nos conmovieron, somos humanos, la especie experta en olvidar lo que no le conviene. 

Por las mañanas 

A la mañana siguiente regresamos a la plaza, es un día como otro cualquiera, ni rastro de los habitantes de la noche, señal de que sobrevivieron, si no seguirían tapados con periódicos a la espera del fiscal de turno. 

En una banca hay una pareja de pueblerinos. Él debe tener unos cincuenta años, ella es mucho menor. El traje de él es común, podría decirse que citadino; ella, sin embargo, lleva polleras y sombrero collahua. Ambos tienen el rostro quemado por el frío y están empolvados y desaliñados. Llevan una maleta y un bulto cubierto con una lliclla. Están en su destino, la plaza siempre es el destino. 

“¡Sanduish de palta, jamón, gelatina…!”. Jamón, seguro que no es inglés. Una madre joven que está a mi lado le explica a su niña algo al oído. Los del atado llaman a la vendedora y escogen dos vasos descartables de gelatina, hay que gozar de las joyas de la ciudad. Un joven en otra banca no deja de leer la sección de deportes en un periódico de cincuenta centavos. Nada puede distraerlo, un walkman lo separa del mundo, pero no de la plaza. 

A una de las esquinas de la plaza, se acerca una camioneta todoterreno con lunas polarizadas Un tumulto de gente se le aproxima corriendo. El conductor conversa con uno de los varones, abre la quinta puerta, lo deja subir y parte. El resto regresa a sus lugares. Las mujeres más cerca de la pista, los hombres hacia el centro de la plaza. Nunca juntos. 

Desde hace varios años aquella es la esquina de los desempleados que ofrecen sus servicios de construcción, vigilancia o campo -ellos-, y labores domésticas -ellas-. El riesgo es de quienes los contratan y de ellos mismos; de robo en el primer caso y hasta de violación en el segundo. Cada cierto tiempo aparece algún titular en la prensa y el municipio se acuerda de su promesa de reubicarlos. 

Tradición y modernidad 

“Solo se toman fotos los provincianos, los turistas de afuera traen sus cámaras, más modernas…”. Dejo que don Valentín me tome una instantánea porque me dice que lleva 35 años trabajando como fotógrafo y porque descubro que su cámara es una mezcla criolla de Polaroid y un antiguo lente Pentax que dejaría con la boca abierta hasta a Daguerre. Pero la práctica no es generalizada, entre los otros 19 fotógrafos autorizados de la plaza he visto cámaras originales. 

En antigüedad sólo compiten los tipeadores y sus viejas underwood. Pero ellos tienen más celo en compartir sus experiencias. “No estoy autorizado a decir nada”, repite el que acaba de cumplir 35 años con las manos sobre el teclado y llenando solicitudes. No nos dice su nombre, pero nos cuenta que los primeros tipeadores aparecieron cuando los quelqueres (escribanos) que trabajaban en el Portal de la Municipalidad se trasladaron a otras oficinas. Cerca de 30 estudiantes universitarios cogieron sus máquinas de escribir e iniciaron el que hoy se llama Sindicato de Trabajadores Tradicionales de la Plaza de Armas. A medida que iban terminando sus carreras dejaban el oficio; pero quedan 11 más un grupo rotativo de cinco o seis “nuevos”. A ellos también la municipalidad ha intentado desalojarlos, de ahí que prefieran pasar inadvertidos. 

Menos antiguas, pero igual de tradicionales son las vendedoras de maíz y trigo, trabajo que les permite llevar la misma mies a los pollitos que las esperan en casa. A Miriam le pido permiso para tomarle una foto. A ella le corresponde la esquina derecha que queda frente al atrio de la catedral. Entre las ocho vendedoras han zonificado la plaza para evitar pleitos.

Tan viejos como la plaza 

Una abuela viene a la plaza todos los días y teje; da de comer a las palomas y teje. Conversa con otros ancianos, también asiduos al lugar. Algunos tienen a sus hijos en el extranjero, otros simplemente en otra ciudad. Muchos se vanaglorian de grandes viajes, aventuras y fortuna, pero todos regresan una y otra vez. Jamás les falta tema de conversación, tienen el privilegio del olvido, siempre están conociendo a las mismas personas. 

Justo en frente de la banca de los ancianos está el Palacio Municipal, sin duda el lugar más concurrido de la plaza. Allí están algunos de los tipeadores, muchachos que reparten volantes y los periodistas, sobre todo al medio día. Chalecos, micrófonos, cámaras o grabadoras se citan todos los días, sin excepción a la busca de alguna autoridad, porque en la ciudad “no pasa nada”. 

A los habitantes diurnos se suman los que venden sangre para transfusiones, ellos están en el centro de la plaza y en los portales, también están las muchachas que abordan a los turistas para conducirlos hasta algún restaurante o venderles souvenirs, y aquellos y aquellas que quisieran casarse con ellos para irse bien lejos y llorar cada vez que recuerden esta plaza tan nuestra como nosotros mismos.

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