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San Jordi y el consumismo literario

"Se diría que el día de San Jordi es el hermano mayor de las ferias del libro en América Latina. Administradas desde lejos por las mismas grandes editoriales como mercados de su producción rigurosamente controlados, donde no entran los extraños"

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Perla, mi esposa, y yo estamos en Barcelona. Hoy nos acompaña July, una amiga que vivió en Lima 37 años y que, recuperada por la catalanidad y hastiada de los huachafos, huachafosos y huachafitos, volvió a esta ciudad. Sus padres, ella y su hermano menor tuvieron que emigrar a Lima algún tiempo después de terminada la guerra civil para escapar del asedio de la policía política. Las ideas y el talante indoblegablemente combativo de July me determinaron a tomarla como modelo de Laia, un personaje literario protagónico de mi novela El botín de la Buena Muerte.

A las 10:30 salimos del Metro en la Plaza Catalunya. Un sol amable ilumina la ciudad. En algunas carpas se alistan los conjuntos de música programados, en otras se ofrecen libros, muchos libros, pues es la fiesta del libro en Barcelona. Una mirada hacia la Rambla nos descubre un río humano canalizado por carpas blancas habilitadas como librerías. Es una densa, rumorosa y lentísima corriente gobernada por la curiosidad y el deseo de estar allí en la que todos son el paisaje de todos.

La mayor parte de puestos de venta pertenece a las librerías de mayor importancia, animadas por las grandes editoriales. Algunos puestos se extienden con un frente de diez o más metros. Entre ellos se colocan los tenderetes de libros usados.  Unos y otros cubren las ramblas, avenidas y calles principales. En los barrios, algunos vecinos colocan sus mesas frente a las puertas de sus casas y ofrecen también libros, sobre todo usados. Pero se les ve cada vez menos.

Desde mediados del siglo XV, el 23 de abril es el día de San Jordi en Barcelona. Lo eligieron por haber protegido a la ciudad en tiempos inmemoriales, matando a un dragón de proporciones mitológicas. Lo representan hoy como un dragón verde de utilería de unos veinte metros de largo que se contorsiona torpemente a un lado de la plaza. A partir de 1929, es también el Día del Libro. En el ayuntamiento de entonces, alguien interesado en la promoción de la industria editorial recordó que el 23 de abril de 1616 murieron Miguel de Cervantes y William Shakespeare, y propuso honrarlos ese día.

Pero, según se aclaró después Cervantes falleció un día antes y Shakespeare el 23 de abril del calendario juliano, que corresponde al 3 de mayo del calendario gregoriano usado ahora en todo el mundo. El éxito in crescendo de la celebración del libro en Barcelona año tras año, con multitudes propias y foráneas que reservan una parte de su interés y dinero para comprar libros justamente este día con algún descuento, dio lugar a que en 1995 la UNESCO declarara el 23 de abril como Día Mundial del Libro.

A esta motivación se añadió otra: este día fue dedicado en Barcelona también a celebrar el amor. Desde entonces, se ha configurado una tradición observada con alegría: los caballeros obsequian a las damas una rosa y todos a todos uno o varios libros. En las calles, innumerables puestos venden rosas. La cotización local señala su precio hoy a 4 euros cada una.

Al mediodía nos sentamos a una de las mesas de un bar colocadas sobre la vereda en el Paseig de Gracia y pedimos cava (el champagne de Cataluña). Las muchedumbres continúan su marcha. Los rostros son en su mayor parte extranjeros. Es este un día festivo laborable. A partir de las cinco de la tarde se incorporarán a estas corrientes los trabajadores luego de concluir sus labores, y se extinguirán cerca de las diez de la noche.

Es el momento del balance económico practicado por las grandes editoriales y librerías. Como en los procesos electorales, se difunden las estimaciones del monto total vendido y de los títulos más solicitados. Este día se espera haber superado casi en un 5% al del año anterior. Las editoriales brindarán, por tanto, con cava el éxito. Las ventas ordinarias habían bajado entre un 30% y un 40% el año anterior, pero desde hace unos tres meses las cifras son positivas.

Las grandes editoriales se regocijan además por el hecho de que los títulos y autores más vendidos este día son los que ellos habían promovido con sus intensas y permanentes campañas publicitarias. Su poder económico y dominio de la distribución las hace equiparables al poder mediático en el periodismo visual y escrito. Si la obra de un autor no llena los requisitos de mercancía vendible para el público lector condicionado, jamás podrá ser editada. Las editoriales pequeñas lo admitirán si él se paga la edición, y no es seguro que las distribuidoras y las librerías lo acepten. Están comprometidas casi en exclusiva con las grandes editoriales. De hecho, el día de San Jordi, las editoriales y los libros contestatarios del sistema están excluidos.

El panorama de la novela española es de una aridez comparable a la del desierto de Almería. Los autores escriben sobre temas locales banales, tratando de imitar el tono y el suspenso de los bestsellers norteamericanos. Estamos a años luz de Miguel de Cervantes, Benito Pérez Galdós, Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez, cumbres de la novela castellana.

Las editoriales invitaron a algunos novelistas nacionales y extranjeros para autografiar sus libros este día. Entre los extranjeros estuvieron dos grandes de los bestsellers: el galés Ken Follet (desde La isla de las tormentas o El ojo de la aguja hasta sus recientes Los Pilares de la tierra y La caída de los gigantes, entre otras; en España lo adoran: le han erigido una estatua de bronce de su tamaño en Victoria–Gasteiz); y el norteamericano James Ellroy (desde Requiem por Brown y L.A. Confidential hasta sus últimas Sangre vagabunda y Perfidia, entre muchas otras, de la novela negra, en las cuales denuncia la corrupción de la policía y las autoridades de la ciudad de Los Ángeles sobre la que escribe).

Con su desparpajo habitual, James Ellroy graficó el éxito de las ventas de sus libros, exclamando: “Estoy disfrutando. Esto es una bomba. Tan bueno como un conejo para un pitbull”.

Se diría que el día de San Jordi es el hermano mayor de las ferias del libro en América Latina. Administradas desde lejos por las mismas grandes editoriales como mercados de su producción rigurosamente controlados, donde no entran los extraños, los que no pasan el examen de las grandes editoriales, y, en particular, los críticos del sistema.

Sin embargo, pese a ser una expresión del consumismo literario, el día de San Jordi estimula el afán de leer en muchos. Y entre ellos hay y habrá quienes, siendo más exigentes y selectivos con sus lecturas, aprueben a los que merecen ser encumbrados como valores. (Escrito originalmente el 23 de abril de 2015).

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