¿Cómo llegamos a esto?

Columnista invitado Víctor Caballero

La tragedia de trece personas muertas en una discoteca que funcionaba en la ilegalidad porque no están autorizadas las fiestas por el temor al contagio y expansión del coronavirus; que incumplía todas las normas de seguridad como espacio público; que, por lo demás, promocionaba sus fiestas por las redes sociales, lo que evidencia que no era clandestina; además, que no exigía los protocolos de seguridad como el uso de la mascarilla, la distancia social; que en el momento de la intervención la policía fue desbordada porque no fue debidamente preparada para una intervención a una multitud.

tragedia

En fin, todos los agravantes que luego desencadenan una tragedia anunciada que pudo presentarse también en otros distritos donde se realizan este tipo de “fiestas”, nos hace reflexionar seriamente respecto de por qué llegamos a esto: a tragedias anunciadas y repetitivas.

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Decir que la pobreza, las desigualdades sociales, son las causas de esta tragedia no resulta suficientes, es más, no explican nada. Señalar que con una mejor intervención policial se hubiera evitado la muerte de trece personas, tampoco explica nada. Responsabilizar a la falta de libertad y al control político que ha impuesto el Gobierno y que por eso los jóvenes buscan este tipo de fiestas, clandestinas, informales y acuden a lugares inseguros, tampoco justifica mucho.

Hay algo más que nos está pasando. Ya hay muchas tragedias colectivas que se repiten una y otra vez. No estoy hablando sólo de la irresponsable conducta de las personas que no solo desafían al corona virus y se exponen al contagio, sino que ellos mismo se prestan a difundir ese malhadado virus sin importarle la muerte de los que les rodean, incluyendo a sus familiares.

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Me refiero a las tragedias colectivas que de tanto y tanto se presentan: la explosión del camión cisterna fletado de gas que estalla en una de las calles más concurridas de Villa El Salvador; camión con desperfectos técnicos transitando en calles deterioradas. El incendio en un centro comercial donde dos jóvenes trabajaban en condiciones de esclavitud: encerrados con candado etiquetando fluorescentes de contrabando; y, paro de contar.

Algo hemos perdido en estas décadas de frustrada democracia. Algo de humanidad nos hemos sido despojando en todos estos años y lo hemos asumido con absoluta normalidad. Mucho de corrupción hemos asumido como normal y eso lo hemos llevado al funcionamiento de la política, de la economía, de las relaciones humanas.
La pérdida de ciudadanía, de sentirnos ciudadanos de un mundo construido en base al respeto y la tolerancia ha sido fatal. La consecuencia no solo es la muerte de trece personas o más, sino algo más fatal: convivir con la inseguridad, peor aún: acostumbrarnos a ello a pesar del riesgo de perder la vida en un instante.

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Qué fatal y triste todo esto que estamos viviendo.

Publicado en Otra Mirada

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