Cómo era la semana santa en Arequipa

No existe una semana en el año, tan llena de recogimiento público y las manifestaciones religiosas de la feligresía, como la Semana Santa

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semana santa en Arequipa

En el calendario de la Arequipa tradicional, no existe una semana en el año, tan llena de recogimiento público y las manifestaciones religiosas de la feligresía, como la Semana Santa. Advirtiendo que hoy, la observancia de los días santos no es tan rigurosa como en la Arequipa de antaño, veamos cómo discurrían.

El Domingo de Ramos los arequipeños concurrían a los templos a escuchar misa, portando palmas, cruces tejidas con “cogollos” de palmeras, ramos de laurel o de cualquier otro vegetal apreciado. Después de bendecidos y recordando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, los ramos eran enarbolados y agitados entre cánticos y rezos; mientras el Santísimo procesionaba por dentro del templo, en medio de una nube de incienso y en una custodia de metales y piedras preciosas. En la Catedral la ceremonia era mucho más solemne y extensa porque se verificaba La Reseña, donde los sagrados oficios los desempeñaban el Obispo y los venerables deanes del Cabildo Eclesiástico.

Muy concurridas también eran las iglesias de Santa Teresa y Santa Catalina donde en Semana Santa procesionaban imágenes de Jesús montado en un borrico y primorosamente vestido por las monjitas de sus respectivos conventos. Al regresar las familias a sus casas, acostumbraban clavar las verdeamarillas cruces tejidas con palma; o las cruces que hacían con los ramos benditos, en la parte posterior de la puert’icalle o en el dintel que la encimaba; para que “no entren” a sus hogares: brujerías, envidias, enfermedades, ni maleficios de ninguna clase.

El Lunes Santo, las imágenes religiosas de todos los templos lucían cubiertas por extensas telas de color morado o negro. Así quedaban toda la semana. Desde ese día también la mayoría de las personas vestían de negro, es decir “de luto”. Igualmente, en varios templos se empezaba a rezar “el quinario” el Lunes Santo. Los caballeros que tenían esa devoción se enclaustraban por tres días en los conventos de San Francisco y La Merced para hacer ejercicios espirituales. El retiro los preparaba mejor para comulgar en “pascua florida”. Por la tarde, los fieles en multitud procesionaban al Señor de la Caridad y a otras imágenes sagradas del Templo de Santa Marta, por las calles de la ciudad.

Es de advertir que del Lunes Santo al Día de Gloria de Resurrección se silenciaban todas las campanas, llamándose al culto con matracas; no se tocaba música que no fuese sagrada; no se “levantaba la voz” por ningún motivo; y no se permitía a los niños dar risotadas, jugar a la pelota o reñir entre ellos porque las abuelas consideraban que se convertían en “diablos cuaresmeros” que se “alegraban” del sufrimiento del Señor; o que le pateaban su cabeza o lo mortificaban. Muchas familias hacían ayunos voluntarios o se abstenían de comer carnes, reemplazando sus comidas cotidianas por caldillos de huevos o de verduras; ajíes de pan, de lacayote, de calabaza, papa o fideo al horno, cauche de queso, torrejas de diversas verduras.

Juan Guillermo Carpio Muñoz

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