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La suerte de Marco

"El señor Marco no es el responsable del marasmo existente, por supuesto, no vamos a endosarle méritos indebidos. Pero es la manifestación, es el síntoma, es la herramienta..."

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Ganar una vez el gran pozo de la lotería ya es excepcional, ganar dos veces es inaudito, pero ganar tres veces es una cosa de locos. Sin embargo, este es el caso de Marco Falconí Picardo, flamante miembro de la Junta Nacional de Justicia. Para ser honesto, siempre he desconfiado de la llamada suerte, del golpe de fortuna que cambia el destino de un hombre. Permanezco enraizado en la idea de que el destino se lo construye uno mismo, sin dependencias divinas ni otras tan inciertas como es el azar.

Considero que el individuo tiene que asumir su responsabilidad personal frente a lo que la vida le propone; saber elegir, estar a la altura de los acontecimientos. Si nos resignamos a la fatalidad, la parte creadora del ser humano se aniquila. Si somos resultado de un designio celeste o de los caprichos de un todopoderoso destino, pues no nos queda otra cosa que echarnos en la cama de la conformidad y esperar que la muerte nos llegue sin remedio.

Lo maravilloso de la vida, es que ésta nos propone en su breve o largo transcurrir una o varias oportunidades. Las oportunidades se presentan bajo la forma de eventos, personas o lugares. No necesariamente extraordinarios, no necesariamente felices. Una enfermedad, una pérdida, pueden incluso constituirse en oportunidad. El conocimiento de una persona, de un animal, el cultivo de una planta, un viaje también son oportunidades. El asunto está en percatarse del evento y el darle la justa importancia. Quizás aquí reside la clave de la existencia. No existen hombres o mujeres con suerte, lo que existen son ocasiones gracias a las cuales uno puede crecer o sucumbir.

Pero volvamos a nuestro suertudo Marco. Su nominación a la Junta Nacional de Justicia (ente importantísimo, si no el más importante actualmente en un país precario llamado Perú), no es fruto de la omnisciente voluntad divina, tampoco el resultado neto de sus méritos personales. Ni de uno, ni de otro, entonces resultado de ¿qué? De una triquiñuela, de un ardid, de una artimaña, de una pendejada leguleya. La nominación de Marco Falconí Picardo es la expresión de un Estado en descomposición institucional y moral.

El señor Marco no es el responsable del marasmo existente, por supuesto, no vamos a endosarle méritos indebidos. Pero es la manifestación, es el síntoma, es la herramienta y además el satisfecho beneficiario. Detrás de él están los titiriteros, los deus ex machina, que en este caso se llaman Congreso (con los partidos en alianza espuria como son el fujimorismo y el cerronismo), el Tribunal Constitucional y el gobierno de Dina Boluarte. Es decir todo el tinglado mafioso que intenta perennizarse ilegítimamente en el poder.

Nuestros Maquiavelos criollos han comprendido hace tiempo que el secreto para gobernar un país como el Perú es acentuar el desorden. Desorden que se manifiesta en la poca si no nula planificación. El estadista no es un previsor, es un surfista. Su obsesión no es diseñar pensando en el futuro, su obsesión es simplemente no caerse de la tabla. El gobernante peruano no cree en el horizonte, él solo quiere pasar a la siguiente ola.

Y para que un surfista tenga razón de ser tiene que haber olas. Si las instituciones funcionaran según el propósito para las que fueron creadas, llámense estas, Presidencia de la República, Congreso, Poder Judicial, Defensoría del Pueblo, Tribunal Constitucional, no estaríamos en estos transes grotescos. Si cumpliéramos las reglas de juego, el chanchullo no existiría. De ahí el propósito sistemático de los políticos actuales por desmontar las instituciones, por rehacerlas a la medida de sus oscuros intereses. Generalizado el chongo, lo que sigue es el reino de los sinvergüenzas.

En un país donde se estimula la improvisación, donde se cultiva el caos, el que reina no es el ingenuo que se aferra a un orden personal y moral. El que reina es el avezado, el que se orina en principios y leyes. Si la realidad no se acomoda a mi gusto huachafo, pues modifico la realidad, para que sea tan huachafa como lo soy yo. Ya ni siquiera podemos hablar de narcisismo, donde la enferma obsesión griega tenía una aureola de hedonismo. Acá hablamos de otra cosa más definida y contundente: la plata. La plata y el poder que de ella emana. Sin plata no eres nadie, no sirves, no cuentas. Con plata y con poder eres el rey del mundo. De un mundo chato, precario y huachafo, pero mundo al fin. Este es el pobre espejismo detrás del cual corren los políticos en el poder.

Aparte de las dos primeras pollas (tinkas) donde el azar jugó al extremo su imprevisibilidad, la tercera de Marco Falconí sí ha necesitado de su solícita intervención. Su ingreso a la Junta Nacional de Justicia, por la ventana del TC, ha sido materia de negociación y cálculo. La contraparte a esta designación, que en tiempos y países normales, debió ser la consecución de una trayectoria sembrada de méritos, ya puede imaginarse. Nada bueno le espera al sufrido pueblo peruano ni a su raquítica democracia. Los tiempos oscuros están ya galopando en nuestras frenteras y vamos a necesitar de muchísima suerte para no sucumbir como personas, como país.

Por: Juan Carlos Rodríguez Farfán (escritor)

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Autor

  • Redacción El Búho

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