Juana Loayza de Espinoza: cuando una maestra muere, nunca muere

Columnista invitado

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Era la época más dura de la dictadura militar, los maestros llevaban meses de huelga. Horacio Zevallos, el máximo dirigente del SUTEP, estaba preso en Arequipa y su padre acababa de fallecer. Una menuda mujer dirigente se acercó a hablar con el comandante encargado de la vigilancia.

Así lo recuerda Augusto Thorndike en su libro Maestra Vida:

Juana Loayza, pretendía que la Dirección de Seguridad del Estado les entregara a Zevallos bajo palabra de devolvérselo después del funeral. Lo cuidaban como si fuese el principal de los enemigos públicos. A la escolta de Lima se agregaba todo un pelotón de  policías arequipeños.

  —Mire, señorita, llevamos al caballero a ver como entierran a su papá y de ahí pasa a un calabozo. Mañana temprano regresa a Lima. Esas son las órdenes.

  —Aunque sea un rato —insistió Juana Loayza.

 Al terminar el funeral, la maestra Juana Loayza tomó de la muñeca a Horacio Zevallos para sacarlo en estampida. «No digas nada», oyó en sus orejas la voz de Begazo. «Obedece y sal con nosotros.» Tres autos esperaban con los motores encendidos. Los  sutepistas se agarraron a golpes con los policías mientras el grupo de Begazo y Juana Loayza lo sacaban a empellones para meterlo en el segundo vehículo.

Este rescate es uno de los eventos importantes en la larga, intensa y fructífera vida de la maestra Juana Loayza, quien representaba en su lucha personal y colectiva a miles de maestros y maestras de la escuela pública que a pesar de las difíciles condiciones de su trabajo tratan y logran aportar en la formación de millones de alumnos y alumnas. Desde diferentes espacios asumió con entrega e inquebrantable tenacidad la apuesta por mejorar la calidad educativa de la Escuela Pública, haciendo propuestas pedagógicas, exigiendo mejores condiciones para los maestros y tratando de hacer posible el sueño de una verdadera “Escuela Viva”.

Era dinámica, como un torbellino, siempre tenía una palabra de aliento o de reflexión. Cada idea que se le ocurría tomaba inmediatamente el camino de la realización. Siempre estaba haciendo cosas, por su familia, por los demás. Era solidaria, compartía porque creía que cada pequeña acción que alguien hacía por el bien del otro, aportaba a ese gran humanidad que todos necesitamos para cambiar el mundo. Una vez me dijo que era fácil amar a los semejantes, el asunto serio era aprender a amar al enemigo.

Así era y así será recordada Juana Loayza de Espinoza, la señora Juanita, que nos dejó con mucha tristeza el fin de semana pasado.

Hace 25 años fundó Yachay Wasi junto a Diego Glos y la profesora Betty Barbachán, creando una forma nueva de enseñar y aprender. Ella misma lo explicaba así en una conferencia:

Yachay Wasi es progresista en su método único de enseñanza, la misma que se comparte con las  instituciones educativas. Su método se centra en los estudiantes, que son aprendices activos, enseñándose a sí mismos, unos a otros en las aulas. El profesor está ahí para facilitar el proceso de aprendizaje y proporciona alrededor del 30% de la experiencia de aprendizaje, mientras que el otro 70% es realizado por los estudiantes. Así crece su interés por el aprendizaje. En lugar de ser oyentes pasivos en clase, participan activamente en el proceso de aprendizaje y, a menudo aprenden  más  rápido y con mayor eficacia.

Con sus investigaciones y aportes académicos, experiencia docente e innovaciones pedagógicas, contribuyó grandemente al desarrollo de la educación regional y nacional. Por lo que recibió múltiples reconocimientos nacionales e internacionales.

En el trabajo que realizaba, no solo con los alumnos y alumnas y con los maestros y maestras, iba creando también espacios nuevos como el compromiso con la ecología y el medio ambiente:

El medio ambiente es un tema central  y en los talleres con profesores les enseñamos cómo ser maestros con conciencia ambiental. Las discusiones se llevan a cabo con los estudiantes, se proporcionan materiales “verdes” en el aula, y los profesores muestran proyectos de arte verde con el medio ambiente (incluyendo cómo reciclar papel, creando lámparas de botellas viejas, etc.). También participamos en un proyecto denominado Escuela Viva (Escuela Verde), la plantación y mantenimiento de árboles en las escuelas. 

Amante de la naturaleza, un día estaba plantando árboles y al día siguiente viajaba para dictar una conferencia. Compartía con sus hijos, con sus nietas y nietos, con Oscar, su compañero de toda la vida, enseñando siempre, participó en diferentes colectivo como Ashoka, COEDA, Equipos Docentes, AVINA, en muchas iniciativas en pro del medio ambiente. Fue una  vida intensa, compartida con  ternura y sabiduría con su familia, los amigos y todos los que la conocieron.

En una sociedad donde es cada vez más difícil enseñar valores, construir caminos para el bien común, ser coherente y verdadero, seguir construyendo una sociedad justa, la ausencia de una mujer luchadora, solidaria, vehemente, tierna y combativa se sentirá profundamente.

Robert Pine dijo:

Lo que hacemos por nosotros mismos, muere con nosotros. Lo que hacemos por los demás y por el mundo, permanece y es inmortal.

Por eso repito con respeto lo que dijeron cientos de personas que la acompañaron a su ultima morada: ¡Cuando una maestra muere, nunca muere!

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