Cuaresma

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

Pasada la tregua de los Carnavales, hemos vuelto a la pesadilla. Todos estamos condenados. Esta noche o mañana. En la calle o en el paradero, en el tren o el microbús. Nos asaltarán, nos golpearán, nos robarán. Entrarán a nuestras casas para llevarse todo. Y en el caso de niñas y adolescentes, cosas peores les sucederán. Y los malditos huirán veloces y no habrá remedio.

cuaresma
Tiempo de cuaresma

Ese fantasma -cual Freddy Kruger hecho realidad- recorre la ciudad causando inquietud, parálisis y hasta pavor, en todas las gentes sin importar edad, sexo, educación o clase social. Nadie está seguro en ninguna parte, el mal acecha. De nada ha valido que se aumente la dotación de patrulleros, serenos, que se multipliquen las cámaras, que se aumenten las penas carcelarias, que haya marchas de protesta, conferencias de prensa y buenas intenciones de los gobernantes.

El mal acecha y no encontramos al culpable. Puede ser venezolano o peruano feminicida; violador anciano o adolescente; homosexual o profesional clasemediero libre de toda sospecha; chofer de combi católico o comunista ateo; mujer esquizofrénica o cura pederasta. ¿Por qué crece la amenaza? ¿No bastan nuestros gritos, nuestras leyes, nuestros policías, fiscales y jueces? ¿No basta el reclamo de los periodistas, las marchas de protesta o velorios y entierros para disuadir a los malos, a los criminales, a los depravados? ¿Sólo queda armarnos y matar al primero que encontremos como a perro rabioso, como se hacía en el Far West?

Los estudiosos señalan que el stress individual tiene que ver con la frecuencia de hechos adversos y una resistencia interior debilitada, pero también con percepciones sobre lo que le sucede a los que nos rodean. Nuestra imaginación hace el resto. En otras palabras, puede que nunca hayamos sido víctimas de un asalto, pero nuestra empatía como especie nos hace imaginar lo que le sucedió al pariente, a la hija de la vecina, al niño o al anciano; y entonces nos asalta la ansiedad y la angustia.

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En las sociedades de masas, los medios no sólo dan cuenta de lo que les sucede a los prójimos desconocidos, sino que los amplifican. Logran también un efecto multiplicador, pero a la vez de acercamiento a los lectores y más aún a los televidentes. La desgracia ajena se convierte en la desgracia cercana y nuestra compasión se despliega como signo de nuestra humanidad, como ha escrito recientemente Maruja Barrig.

Pero, ¿qué pasa si la noticia, es decir, el dar cuenta del hecho, por decisión de los editores, se convierte en melodrama o, peor aún, en la repetición morbosa de los detalles; como hace la prensa amarilla alrededor del mundo? ¿Qué pasa si la crónica roja de los telediarios golpea nuestra sensibilidad tarde, mañana y noche? ¿Y si a eso se agregan las noticias sobre el Coronavirus? Pues, entonces, se va producir un paroxismo, cuyo efecto perverso puede provocar stress, hartazgo y hasta indolencia e indiferencia frente a la desgracia ajena. Un estado mental de sospecha exacerbada que genera una ciega agresividad contra todo y contra todos, como preámbulo de eso que los sociólogos llaman anomia, es decir, la generalización de la falta de respeto a las normas establecidas.

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Pareciera que, para muchos, los problemas de la inseguridad ciudadana, o de la salud, han dejado de ser problemas que deben ser enfrentados con políticas públicas y funcionarios inteligentes, para pasar a ser de carácter metafísico, ontológico y, por tanto, insolubles. Aunque, me temo, que esa exacerbación de las malas noticias tenga la consecuencia política que muchos están buscando a conciencia en este año electoral: que las mayorías desinformadas y ansiosas pidan soluciones rápidas y cuasi mágicas y empiecen a buscar al sheriff que se imaginan como solución para poner orden.

Convendría que intelectuales y comentaristas ayudaran a bajar la temperatura emocional; a encauzar las aguas del debate y civilizarlo, para evitar el río revuelto del que cualquier oportunista quiera pescar en grande. También convendría que los católicos aprovechemos el tiempo de Cuaresma para reflexionar y no seguir como borregos los pánicos ajenos, confiando en la protección de Dios y del prójimo. Y convendría reforzar las grandes causas que nos unen como peruanos. El Perú como realidad, pero también como posibilidad, debe estar por encima de nuestras miserias y rencillas.

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Publicado en Noticias Ser

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