Ciro Alegría Varona y el Perú sufriente

Quinta Columna Alfredo Quintanilla

Ha causado conmoción en el ambiente académico la súbita muerte del filósofo Ciro Alegría Varona. Nacido hace 60 años, hijo del célebre autor de la novela “El mundo es ancho y ajeno”, fue marcado por el pensamiento vigoroso del padre Hubert Lanssiers en su aprendizaje escolar, al término del cual, tuvo claro que lo suyo era la filosofía. La sombra de su ilustre padre no lo apocó ni menos lo opacó y pudo hacer una brillante carrera académica.

Ciro Alegría
Foto: Andina

Al recordar sus años de estudiantes, uno de sus colegas en la Universidad Católica, Pablo Quintanilla, ha escrito: “Quienes entonces estudiábamos filosofía —Ciro era unos pocos años mayor que yo— vivíamos con la necesidad de justificar ante los demás y ante nosotros mismos el dedicar nuestras vidas a preocupaciones tan desinteresadas, mientras el Perú se caía a pedazos”. Lujo necesario el pensar y escribir lo que se piensa y quiere, más necesario que nunca en el Perú sufriente de estos días en que la incertidumbre y el miedo nos tienen agarrados de la garganta buscando culpables, en vez de prójimos.

Su maestro y colega, don Salomón Lerner, en su homenaje póstumo, dice sobre él “era un intelectual de primer nivel y un erudito, [y] a la vez, un hombre humildísimo, de carácter afable”. Afabilidad y humildad, virtudes escasas entre intelectuales y artistas,  que “suelen ser divos. Hay una especie de mercado de imagen, donde no importa lo que digan, sino tener su sitio en algún dominical o periódico”, como el mismo Alegría diagnosticó.

Cuando le preguntaron si su último libro era una manera de encontrar una voz propia, alejada de la de su padre, respondió, más bien, que las reflexiones sobre los adagios eran ofrendas de agradecimiento a su padre. Ese libro, titulado “Adagios. Crítica del presente desde una ciencia melancólica”[1] viene a ser un conjunto de fotos de sus pensamientos “a la hora de la ocurrencia, siempre intempestiva” como él lo presentó. Son las meditaciones que le sugieren los refranes y dichos que condensan la sabiduría popular. Al leerlas, uno se acerca al quehacer de los filósofos clásicos y encuentra, entonces, que filosofar puede estar al alcance de todos.

Hombre con los pies en tierra como los clásicos, Ciro Alegría agarra nervio cuando observa con agudeza el presente y, como ellos, habla claro; cualidad infrecuente entre sus colegas contemporáneos:

“En el estado de profundo aburrimiento, el individuo es material humano disponible para ponerlo a desear y consumir, trabajar y luchar por lo que sea. Hoy la explotación más sistemática y la acumulación mercantil más grande de la historia se realizan no a costa de la real necesidad, sino a costa de la ilusión y sus comparsas, el aburrimiento y la ansiedad… Hoy los grandes explotadores de las necesidades imaginarias son los fabricantes de aparatos inteligentes y sistemas de interconexión global de uso personal.”

Desde la calma del que piensa en perspectiva, Ciro Alegría nos dejó este mensaje que parece una profecía para estos meses:

“El que sufre tiene la fortaleza de sufrir, que es la forma más digna y merecida de la esperanza. Este es un libro contra la vana esperanza y en defensa del sufrimiento y la misma pena como formas fuertes de esperanza.”

Por eso me pregunto qué nos habría dicho Ciro Alegría sobre el refrán que siempre me repitió mi madre y que viene a tener una vibrante actualidad: “Dios dijo: cuídate, que Yo te cuidaré”? Seguramente era un llamado a la responsabilidad sobre la propia salud; y, porque de nuestro cuidado depende la salud de los que nos rodean – el Covid-19 lo está demostrando -.

Es un llamado a prevenir para no lamentar después cuando llegue la enfermedad. Pero es también una refutación de los agoreros y dogmáticos que creen ver en la pandemia un castigo de Dios. No, definitivamente, el Dios de Jesucristo el sanador y curandero de leprosos, es el Dios de la vida; de la paz y no de las matanzas; de la fraternidad y de la paternidad, el que inspira a científicos en desarrollar sus investigaciones para dar salud y más vida a las personas. Es el Dios que confía en la madurez, en la autonomía y libertad de sus hijos.

“A Dios rogando y con el mazo dando” es otro consejo popular que llama a enfrentar al miedo que paraliza ante el destructor invisible. Con oración y ayuno sí, pero también con la acción y la solidaridad, que es el nuevo nombre de la caridad como decía Paulo VI. Mensaje que entendieron perfectamente los sacerdotes del Vicariato de Iquitos que realizaron la colecta para comprar las plantas de oxígeno que necesitaban los hospitales. Acción que practican Cáritas, la obra filantrópica de la Iglesia Católica, junto con OFASA y tantas otras de las iglesias evangélicas, desde hace décadas.

Los que recuerdan que “Dios tarda, pero nunca olvida”, saben que es un llamado a la esperanza en medio del desastre, una gota de espera y alegría en el fondo de un corazón doliente al ver a un pariente muerto tempranamente; a un vecino enfermo, al avance de la enfermedad y de la muerte. Es un profundo acto de fe, casi una locura de la que habló San Pablo, cuando Dios permanece mudo en estos días oscuros. Pero también es una humana protesta, un reproche callado ante la ausencia de Dios cuando sus hijos lo necesitan. Por último, es el recuerdo de la tardanza de Jesús, después que Lázaro había enfermado y muerto y de su fe en la resurrección.

***

[1] Gracias a la empresa estatal Petroperú, auspiciadora del premio Copé de Ensayo que ganó este libro, puede ser consultado en su repositorio: https://www.petroperu.com.pe/gestioncultural/biblioteca-cope/adagios/

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