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Arequipa

Los amigos

"El libro lo armamos usando dos sillas y una placa de acrílico a manera de mesa de montaje. Con tijeras y algo de goma íbamos cortando y pegando las palabras"

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Alonso Ruiz Rosas fue el primer y más combativo secuaz en la aventura de la poesía. Recuerdo que había heredado un enorme escritorio y en la casona de su tía Judith nos reuníamos a corregir minuciosamente cada poema, cada verso, cada palabra que habían surgido en las inmediatas 24 horas.

No me avergüenza confesar que un barato vino de damajuana era nuestro fiel compañero, y bajo la influencia de este letal elixir solíamos patrullar las calles del centro histórico, protagonizando las inevitables travesuras literarias. Recuerdo que con increíble frecuencia visitabamos la plaza San Francisco acompañados por Isabel Olivares y Sergio Carrasco, y allí Alonso recitaba a voz en cuello largos poemas de Francisco de Quevedo.

Otro de los templos claves fue la casa de la familia Maldonado. Casi todas las tardes nos recibía Angelita y ahí, escuchando a La chica de Ipanema, debatíamos sobre asuntos como eso de que para encontrar algo verdadero hay que estar verdaderamente perdido, o que el amor está básicamente hecho de lugares comunes, o que cualquiera, en un mal día, puede ponerse en contacto con el desconocido que habita detrás de sus pestañas. Cosas de ese tipo, hasta que llegaban las ocho de la noche y nos dirigíamos al Quinqué, un bar indispensable en la calle santa catalina. Pero claro, no todo era la épica del poeta joven. Cuando finalmente logré coleccionar una razonable cantidad de papeles surgió la idea de publicar.

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En 1983 la señora Isabel Malca le pidió a su sobrino que se mudase a cuidar una casa en la urbanización Higuereta, y lo primero que se le ocurrió a Oscar fue conformar un comando para editar mi primer libro. Como mi fortuna personal no era muy abultada en aquella época, Oscar convenció a Plomo Cebrián, su compañero de carpeta, para sobornar a un operador de la imprenta de su padre. De esta manera pudimos imprimir el libro un soleado domingo de abril. Desgraciadamente un envidioso delató al infractor con ásperas consecuencias que se tuvieron que consignar entre los daños colaterales del ejercicio de la poesía.

Debo decir que las semanas que pasamos diseñando y armando el machote para quemar las placas fueron memorables. Recuerdo que la casa de la llorada tía Isabel Malca se convirtió en un lugar de intensiva diversión. Un potentísimo equipo de alta fidelidad fue traído expresamente por el entrañable Plomo, y el lugar se transformó en un santuario de devotos de Santana, Jim Morrison, Lou Redd y ocasionalmente ese pianista loco llamado Thelonious Monk. Visitaban el lugar con cierta regularidad Ñaña Llosa, Susy Gutierrez y otras más que mi débil memoria no alcanza a tributar. Lo que sí está claro es que Patricia Alva tenía llave de la puerta y solía aparecer con pan y mortadela.

Como parte esencial del grupo destacaban también el estudioso del rock Pedro Cornejo y el filósofo judío Perez. El libro lo armamos usando dos sillas y una placa de acrílico a manera de mesa de montaje. Con tijeras y algo de goma íbamos cortando y pegando las palabras. Un proceso certificadamente orgánico en el manejo de los versos. La carátula la diseñó gratuitamente por Alberto Escalante, aunque a cambio nos exigió que lo acechemos varias horas cada tarde durante varias semanas. En fin, el libro salió, y luego nos dirigimos hacia mi ciudad natal, donde lo presentamos en sociedad. Justo antes de la realización de los imprescindibles ritos paganos y propiciatorios.

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