Perú: el camino al infierno

"Me he resistido durante meses a calificar al régimen usurpador como dictadura, pero sus acciones los delatan de una manera implacable. Estamos al borde de un cambio de régimen en el Perú"

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Esta vez parece definitivo. El viraje esperado del bloque en el poder, congreso más ejecutivo con un claro tinte de extrema derecha, luego de los casi setenta muertos de principios de año, está en curso y el objetivo en el corto plazo puede cumplirse: la dictadura abierta. Me he resistido durante meses a calificar al régimen usurpador como dictadura, pero sus acciones los delatan de una manera implacable. Estamos al borde de un cambio de régimen en el Perú.

Me quiero detener en la calificación del régimen como usurpador, porque dicho así nomás se presta confusiones. Es usurpador no por las personas, porque no esté Castillo sino Boluarte, no. Es usurpador porque actúa en contra de la voluntad de transformación del Perú expresada en las urnas en julio de 2021. Y porque los que detentan hoy el poder, no tienen legitimidad entre la población. Es decir, la abrumadora mayoría de los peruanos creen que los que mandan no tienen el derecho a mandar.

En otras palabras, el escudo del Perú está torcido en la banda que Dina Boluarte se pone cada vez que puede, porque se siente incómodo en ese pecho ajeno.

Pero regresando al origen de la reflexión. La captura final de los órganos de la justicia, cerraría ese espacio de la esfera pública en el que se procesaba una cierta competencia y deliberación, con algún efecto práctico y a la luz pública, en la correlación de fuerzas entre los distintos actores políticos y nos llevaría al terreno oscuro de la proscripción y la persecución. Es decir, al terreno en el que el poder de turno, pasa a definir quién puede hacer política y quien no, proscribiendo a los que no acatan y persiguiéndolos si no siguen sus dictados.

El factor decisivo de este viraje autoritario es la debilidad de la oposición, tanto social como política y no sólo la maldad de nuestros adversarios que han decidido, parece que ya sin vuelta, volverse en enemigos. El bloque en el poder, promediando desaprobaciones, es repudiado por nueve de cada diez peruanos. No importa la encuesta que se escoja, en los últimos ocho meses. Parece que esta vez ni los amigos, ni el dinero, ni las influencias han podido mover la dureza de estos sondeos. La pregunta es cómo en este estado de asilamiento la debilidad del poder es, paradójicamente, más fuerte que la debilidad de la oposición. 

Por debilidad de la oposición, me refiero al espontaneismo del movimiento social que no logra hacer política. Es decir disputar poder. E incluso en algunos casos insiste en repudiar abiertamente la política y mirar mal a los que entienden así su papel opositor. Me refiero también al sectarismo, que vuelve a aparecer cual duende redivivo, para acusar al compañero del costado de cualquier minucia, olvidando la tarea mayor que nos convoca en un momento histórico, de terminar con esta dictadura y volver a abrir un camino democrático.

En los últimos días, sin embargo, se ha prendido una pequeña luz. Organizaciones sociales y políticas han convocado a la movilización para impedir la captura final de los órganos de justicia y la consumación del viraje señalado. Tiene sabor a un intento postrero, pero como dicen tanto en la política como en el amor, la esperanza es lo último que se pierde. Por eso hay que darnos la oportunidad.

Quizás el problema mayor en esta unidad sea el manejo de los tiempos en las demandas. Unos quieren restaurar una democracia que habría funcionado en algún momento y ahora estaría mal. Otros concebimos que no estamos frente a un resfriado común sino ante un cáncer de fin de época que hay que extirpar de raíz. Los primeros hablan de adelanto de elecciones, los segundos creemos que este debe estar en una perspectiva constituyente. Todos, sin embargo, tenemos al monstruo por delante que no entra en estos detalles y nos quiere devorar para poder cargarse al Perú.

Urge entonces el más amplio frente único. En defensa literal de la vida y por la reapertura del curso democrático, donde será posible volver a ver un horizonte mayor. En ese curso y no en otro es que se deben forjar los liderazgos de conducción política. Para que en la próxima parada del tren de la vida peruana no nos reciban las manos ensangrentadas del dictador de turno; sino alguna voz de la esperanza a la que hacíamos alusión líneas arriba.

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