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¡Corre a ver Yana-Wara ya!

"Han llevado su cine hacia un camino distinto. Han razonado acerca de la soledad, el aislamiento y el sufrimiento de las comunidades campesinas (retratadas en la frágil Yana-Wara) y han encontrado reveladoras concomitancias con la tragedia griega y con el cine de horror japonés".

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Yana-Wara es, antes que nada, un logro. Un notable logro de un equipo provinciano que, remando contra corriente, ha producido dos de las más importantes películas de nuestro cine nacional actual: Wiñaypacha (2017) y ahora Yana-Wara (2023). Pensar qué otras alturas estéticas y simbólicas pudo haber alcanzado el cine de Óscar Catacora hasta produce vértigo.

Yana-Wara nos instala (con su resolución de 3:4, a lo Ozu) en lo más profundo y telúrico de la realidad andina, pero sus claves interpretativas hay que buscarlas, ¡oh, sorpresa!, en lo más clásico de nuestra cultura occidental: la tragedia griega. Como Edipo o como Orestes, Yana-Wara nace bajo los negros augurios de un sino trágico. Ella es inocente, pero en su carne se consumará el sacrificio expiatorio del ser humano cuya desdicha es haber nacido, como razonaba Segismundo. Como un eco maligno también podríamos escuchar la terrible sentencia del anciano Proteo, el polimorfo, quien, presionado por Menelao declara: “Lo mejor para el hombre es no haber nacido”.

Yana-Wara, la inocente muchacha huérfana, ha nacido para sufrir. Es mujer, es aimara y es muda. La cámara de Catacora nos la muestra solitaria entre los pajonales, con un leve tilt down que imprime su figura contra un cielo sombrío y enfatiza la grandeza heroica de su soledad y de su destino aciago. La fotografía en blanco y negro tomada con un lente de 50 mm., es bella y muy realista. Tito Catacora ha dicho después que la tragedia no puede ser “a colores”. Estamos de acuerdo y permítasenos recordar al respecto la fotografía de Giuseppe Rotunno o de Tonino Delli Colli, precisamente en las escenas en las que los símbolos de muerte y sacrificio son más destacables (una cruz pétrea, el traje fúnebre de una matrona, el perfil hosco de un juez, un túmulo coronado por una oscura figura totémica…) Hay ecos del Neorrealismo italiano en la fotografía, en el aspecto visual que exalta el sentido trágico del film, yo diría que incluso los largos silencios en los paneos encuentran conexión con esa misma técnica empleada en “Medea” de Pasolini.

La tragedia de Yana-Wara es un asunto luctuoso que reúne a la comunidad en un ágora donde un coro de ancianos debe proclamar su veredicto. La tensión de la situación conecta catárticamente con el público que recibe con exclamaciones de rechazo o con fórmulas de empatía la acción del viejo Evaristo. Una mujer joven ha muerto después de haber sido violada y los dioses han manifestado ya su terrible decisión. Para consultarles, los suplicantes han descendido al Hades, a una laguna subterránea y tétrica y han visto cara a cara a la divinidad (relampagueantes tomas y aullidos de pífanos que recuerdan el horror sobrenatural de Kenji Mizoguchi). Entre los ancianos que rumian su decisión chacchando la hoja de coca, sobresale una mujer sabia, ataviada con ropajes oscuros que revelan su status en la comunidad, además está tocada con una especie de bonete fúnebre que le confiere dignidad. Ella es una erinia y no descansará hasta que todos paguen sus culpas, Evaristo el primero.

Yana-Wara es una película aimara de una profundidad poco habitual en nuestro medio. Los Catacora (Óscar primero y Tito después) no han rodado una película valiéndose de los símbolos y conceptos de la tragedia griega, no han hecho una sencilla superposición de géneros. Han llevado su cine hacia un camino distinto. Han razonado acerca de la soledad, el aislamiento y el sufrimiento de las comunidades campesinas (retratadas en la frágil Yana-Wara) y han encontrado reveladoras concomitancias con la tragedia griega y con el cine de horror japonés. No han traicionado su lenguaje, lo han enriquecido con nuevos significantes. Al ver la película uno no siente la incomodidad de ver esos torpes híbridos que quieren sorprender con registros inusitados. Al contrario, uno siente con profunda admiración, el empuje de un director que, a cada momento, con cada toma, con cada encuadre, está viviendo la gozosa experiencia de dar con hallazgos novedosos y significativos. Con aires occidentales y clásicos, Yana-Wara no deja de ser profundamente autóctona, maravillosamente telúrica. Hay que verla cuanto antes.

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