Voluntarismo y ceguera

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia Cano

Lo que no ha dejado de sorprenderme del proceso pre electoral reciente es la  superflua insistencia con que demasiados peruanos (desde los esperpentos farandulescos, hasta intelectuales y periodistas que se suponen por lo menos medianamente educados) han pedido en tono de súplica que los ciudadanos “elijan bien”, que “voten seria y maduramente”, que “sean responsables al momento de escoger a sus candidatos”,  que “investiguen con lupa su hoja de vida”, y otros  llamados a la consciencia (modo hermano Pablo)  para que los peruanos no la embarremos de nuevo electoralmente.

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Al respecto habría que decir dos cosas: en primer lugar, que elegir entre una mayoría de sospechosos desconocidos y conocidos recalcitrantemente nauseabundos (como la Bartra, Becerril, Vilcatoma y otros que usted ya sabe) nos coloca otra vez entre el cáncer y el sida, para utilizar la ilustrativa metáfora vargasllosiana (sino llega el virus chino para ampliar nuestras poco saludables alternativas). ¿Elegir bien? Para elegir bien hay que tener cómo y a quién. Y en segundo lugar, suponiendo que haya dónde elegir si se presentaran algunos candidatos respetables (como Indira Huillca o Marisa Glave a la izquierda, o Gino Costa o Alberto de Belaunde a la “derecha”, por ejemplo), ¿cuántos peruanos los reconocerán como tales con las menesterosas valoraciones y la extendida pobreza mental de la mayoría peruana mal educada y los egocéntricos intereses de la “elite” dirigente?

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No me refiero, entonces, solo a los cholos provincianos como algunos desfachatados comentarios con clara connotación racista lo sugieren, sino también a dueños de bancos, empresas constructoras, organizaciones empresariales, etc, todos ellos bien blanquitos y capitalinos. ¿Quién prefirió Fujimori a Vargas Llosa, Pérez de Cuellar o Valentín Paniagua? ¿Quién eligió a nuestro caricaturesco y etílico gobernador regional actual? Esos mismos “ciudadanos” eligen ahora a los nuevos congresistas. Y por eso ya estamos escribiendo la crónica de una nueva embarrada electoral anunciada.

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Elegir bien no es tan sencillo. No basta con desearlo, recomendarlo o suplicarlo, aunque hubiera buenos candidatos. Esto debería ser obvio, pero pareciera que no lo es en el Perú y que una inmanejable pulsión de autoengaño o ceguera axiológica llevará otra vez a esa actitud que es la del peor ciego que, como se sabe, es el que no quiere de ver: que la educación peruana tendría que tener la calidad necesaria para que algún día contemos con electores que sepan elegir y candidatos a quién elegir.

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Si elegir bien, estimar bien, valorar bien es el objetivo último de una buena educación, de una educación de calidad, debería ser de perogrullo que en el Perú nadie va a elegir bien solo porque se lo pidamos, sino que es imprescindible cambiar cualitativamente, es decir, de raíz, la causa última de la mala elección. Y tendríamos que empezar por sus valores y paradigmas anacrónicos, sus gastados prejuicios antidemocráticos y suicidamente conservadores, católicos o evangelistas. Desde Fuerza Popular, apadrinada por Cipriani, al pueblo elegido de Ezequiel Ataucusi, esponsoreado por el profeta Antauro. ¿Qué más podríamos pedir?    

Ese cambio radical implica educar a los niños y jóvenes desde la primaria con los valores de libertad, de dignidad, de no discriminación, de pluralismo y tolerancia, es decir con valores modernos, que son los valores de la Constitución, de nuestra Constitución, y no con los “valores” del excardenal Cipriani, Becerril o Ataucusi. Esos valores republicanos aún no son los nuestros, y los nuestros, los de la mayoría, son incompatibles con ellos, lo cual es algo que los ciegos interesados tampoco quieren ver.  

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Se repite mecánicamente el cliché que hay que dar una “educación en valores”. Pero muchas veces no dicen a qué valores se refieren, como si los suyos tuvieran validez universal y eterna y no hubiera necesidad de hacer ninguna especificación. O se habla de valores inocuos o ambiguos como “honestidad”, “respeto”, etc, que no les hace ni cosquillas a los chicos a quienes se les espeta estos valores que solo les provocan bostezos; pero nunca de libertad, de dignidad, de no discriminación, de pluralismo, de tolerancia, etc. Ningún cambio en el sector educativo, ni la acreditación por sí sola, cambiará la educación si no cambia lo esencial, eso que ni siquiera se menciona ni menos intenta cambiar: la educación escolástica prerepublicana de base ideológica católica, sigue bien viva y vigente en el Perú. Observemos de cerca las instituciones educativas que ya han sido acreditadas para ver desde cuándo y cómo comienzan a cambiar cualitativamente, es decir, desde cuando comienza a mejorar la calidad de la educación. Amable lector: te invito a tomar asiento.

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