También soy paisano

Letras El Búho

El cuento «También soy paisano» de José Bautista, es parte de la serie Nuevos Narradores Arequipeños que coordina el profesor Willad Díaz y se publica los domingos en El Búho

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Desde la carretera, empapado de sudor, vi que estaba apareando unos perros con la ayuda de un banquito. El macho era de una raza perdida, pequeña. La hembra era una dóberman musculosa. El hombre, sonriente, me vio acercarme por el caminito de la chacra hasta que estuve cerca. Le dije Buenas, y me explicó el enredo: 

—Estos perros feos dan pena, pero se merecen aunque sea una tiradita en su vida, ¿sí o no, socio?    

—Claro —al perro no le importó mi presencia y siguió como si nada. Entonces pregunté:

—¿Aquí es el trabajo?

—Sí, socio. Me llamó Leo.

—¿Dónde está el dueño? 

—Se fue de viaje.

Como no tenía a donde ir, como era mediodía y sin viento, me entraron unas ganas tristes de quedarme. Leo no tuvo inconveniente. Le dio unos segundos más al perro y me llevó a la casa. Entramos en la cocina y cuando mis ojos se acostumbraron a la débil luz, apenas me fijé bien en lo que pasaba allí, dije:

— ¡Qué mierda!

—Es mi cocina, socio.

¿Me tomaba el pelo? Había ollas y platos sucios: era una cocina; pero también había perros en la mesa, otros tenían las cabezas dentro de las ollas. Las bolsas de plástico que contenían comida, desperdicios, estaban rotas y despanzurradas por el suelo. Los perros, de diferentes tamaños y colores, estaban de lo más tranquilos y si nuestra presencia les incomodó no lo mostraron. Al volver la vista a Leo para preguntarle lo vi apacible y hasta feliz:

—¿Aquí duermen los perros?

—No, socio, los encerré para que no molestaran al perro feo —después se sonó la nariz y dijo—: Todos lo odian.

Llamándolos por su nombre empezó a decirme cuál era cuál. Había uno negro y delgado al que se le notaban las costillas, que se llamaba Coca Cola; otro —que se había comido a su hermano cuando era pequeño— le pusieron el nombre de Caín; otro, sin ojo, Pirata; uno que hacia la guerra a todos: Terrorista.

Por la tarde, explicado todo, empezó a alistar su maleta: se iba a visitar a su madre. Me quedé solo con los perros; los alimenté, hice el trabajo. Se suspendió el tiempo una semana, hasta que volvió Leo con algunos regalos. Le hice un informe general de lo que pasó en su ausencia. Cuando le dije que habían nacido unos cachorros, se puso feliz.   

—¿Por qué tienes tanto perro? —tuve que decirle.

—Me cuidan la casa —me contestó—. Antes, cuando no tenía perros, me robaban tres veces por semana. Las gallinas, los conejos. Una vez se llevaron mi almuerzo, socio, olla y todo.

En las noches, empecé a notarlo, los perros trotaban por todos los flancos de la casa. Sus ladridos nos amurallaban y se perdían en la noche. Leo tenía ocho perras porque, según él, eran más bravas. Además le servían para reforzar la amistad con sus amigos, porque solía regalar los cachorros a las visitas que se aparecían por la casa. 

Para mí mismo profeticé entonces que dentro de unos meses tendríamos en la casa cerca de treinta perros que no encontrarían un lugar para estar tranquilos y mucho menos comida; no obstante, Leo decía que lo que menos le faltaba era la comida. Y era cierto, porque cocinaba guisos y sopas en grandes ollas que su madre le había dejado. De todas formas, yo predije una invasión de perros que destruirían la casa en un par de días, y nos dejarían sin comer cada que pudieran. Así que un mes después empecé a matar a escondías a los perros que iban naciendo, los ahogaba en una tina con agua mientras su vida se diluía en burbujas. Los enterraba a todos en un solo hueco y cuando Leo me comentaba que no veía a tal perrito, yo me limitaba a decirle:

—Ya se lo llevó el águila, socio.

Lo raro fue que dentro del plazo que preví, la cantidad de perros que yo había anunciado se hizo, a pesar de todo, realidad. Andaban de un lado para otro, al ritmo de sus ladridos inofensivos. Iban por allí, con sus nuevos nombres: Jaboncillo, Colgate, Doña Bárbara, Napoleón, La Partidaria Segunda, y otros tantos. Desde entonces me despertaba con el pie izquierdo. Un día ya no pude más que decirle:

—Deberías botar a esos perros.

—¿Por qué?

—Porque tenemos la casa llena de pulgas.

—Espera a que llegue el verano.

—También han destrozado mi ropa.

—Yo te la pago.

—¡Vete a la mierda! —grité entonces.

Por suerte no se molestó. Durante los días siguientes él mismo ya no pudo aguantar su falta de carácter porque los perros empezaron a dejar por todo sitio sus excrementos; el olor de sus meadas se evaporaba formado un aire denso apenas salía el sol, y andábamos medio tontos hasta que se hacía de tarde. Lo peor de todo fue que un día entraron por la ventana al cuarto de Leo y destrozaron todo, incluso esa Virgen en miniatura que tenía en un estante, a la cual pedía con una vela de por medio la familia que tanto anhelaba.   

—Tienes razón, socio, ya hay muchos perros —me dijo por la noche—. ¿Qué le hacemos?

—Te puedes hacer un estofado —dije.

—No, socio, habla en serio.

—Bueno, entonces habrá que botarlos a palos.

A la mañana siguiente cada uno cogió un palo y empezamos a espantar a los perros. Algunos ya no volvían, pero a otros los encontrábamos durmiendo en nuestras camas, escondidos. Todo un día nos demoró deshacernos de la mayoría, que se iban detrás de los cerros. Solo nos quedamos con uno que se llamaba El pastor del bien, que había sido bendecido por el padre José Miguel en uno de los viajes de Leo. Todos los demás, es decir, unos veintitantos perros, fueron desalojados a punta de palos. A los que tenían pocos días de nacidos los llevamos al mercado de la ciudad y los dejamos acurrucados en una caja con un letrero: También soy paisano.

Como afuera no había nada, los perros venían apenas oscurecía y nos robaban las gallinas, los conejos, y una noche oímos gritar por última vez al gato. El Pastor del bien no podía solo, porque los perros, que se habían vuelto salvajes, terminaron por no respetarlo y lo dejaron todo magullado.

Una de esas noches, cuando trataba de dormir a pesar de los gruñidos, sentí que uno de mis pies que estaba fuera de la frazada lo recorría una descarga eléctrica. Me levanté gritando y encendí la luz: mi pie estaba sangrando y vi salir por la puerta un rabo bien erguido. Maldije a todo el mundo: a la madre de Leo, a su padre, a su cochina familia y con el pie sangrando alisté mi maleta y guardé mis cosas.

Me fui. Guarecido por la noche y un palo, busque el camino en la oscuridad.

Así salí de la casa de Leo, y ahora volvía porque no había encontrado suerte en el mundo. Desde lejos advertí su silueta delgada. Me vio venir hasta cuando estuve cerca.

Vi canes pacíficos a alrededor de él.

—Otra vez tienes perros —le dije.

—No tienen a donde ir, socio —suspiró Leo—: como nosotros.

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