“Querido fantasma” (cuento)

Letras El Búho

El presente cuento hace parte de la serie Nuevos Narradores Arequipeños que coordina para El Búho, el profesor de Literatura, Willard Díaz.

Por: Ángela Kiara Romero Zeballos

Las hojas caen, crujen pulverizándose con un tenue chasquido bajo los pies de los niños que corren por el parque. Es otoño fuera, pero dentro siempre estoy en un invierno floreciente oloroso a manzana, té frío y corazones calientes. El viento sopla, barre con la manta dorada sobre el césped, juguetea con ella caprichosamente, sacude además mis pensamientos llevándolos a rumbos deliciosamente inciertos. El mundo se ralentiza, las aves se volatilizan y se vuelven nubes de primavera, los niños estallan en pétalos multicolores…ah, estoy pensando en ti.

cuento querido fantasma
Cuento «Querido fantasma»

Eres una niebla, una confusión, un punto en la maraña hecha de puntillismo en mi cabeza, un rostro en la multitud, una sombra nocturna. No hablas, no sonríes, no respiras, creo que ni siquiera estás allí, pero de alguna manera nunca dejaste de irte ni terminaste de regresar. Te busco evitándote, te hablo callándome, te toco a través del viento para no importunarte. Siento que si me acerco demasiado te trizarás, pero si me alejo demasiado te evaporarás. Me diriges tus ojos sin mirada y siento garras de seda emergiendo de mi estómago, me desgarran deliciosamente entre sonrisas y helados de fresa domingueros.

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Mis ojos pueden tocarte, pero mis manos te atraviesan. Intento hacerte comprender, pero mis palabras se disuelven a centímetros de ti, celestes y nerviosas, aleteando y sumergiéndose en el azul del cielo, salpicándote de blanco y eternidad. Siento tu mirada quemándome la nuca, como un cigarrillo ardiendo, como mis velas de cumpleaños. Tú sientes mis ojos enganchados a tu espalda, prendidos como garrapatas, como avecillas de colores con las alas heridas. Nuestro alrededor se funde en vainilla y atardeceres de agosto cuando cruzamos miradas.

Instantáneamente escapamos juntos para allanar montañas; secamos ríos y regamos desiertos, buscamos la felicidad extraviada en alguna vida pasada, justo durante una mañana de abril como esta. Segundos en los que vivimos años, siglos enteros que estallan como burbujas a la menor sacudida, dejando atrás notas de clavellina.

Jugamos a esto a diario. Yo el fantasma, tú la sombra. Nos buscamos en donde sabemos que no encontraremos a nadie, llenamos los espacios vacíos con recuerdos inexistentes, soñamos con añejas mañanas ajenas. Nos perdemos frente a frente, todo manos sudorosas y corazones punzantes. En esos instantes es cuando te veo finalmente humano, carne, hueso y pecado, justo como yo. Dejas de ser un ideal, un reflejo, una figura de humo. Estás ahí, cándidos ojos de niño, manos maltratadas de hombre, labios suaves como bizcocho y cabello revuelto. Y también me encarno ante ti, ojos fatigados, manos de huérfana y labios malva. ¿Pensarás también en mí?

No sabes cuántas aves te he dedicado entre versos, cuántos pececillos de la laguna acarician tu nombre entre nenúfares, cuántas notas de mi guitarra han sangrado bajo mis dedos para asemejarse a tu voz. He pasado noches enteras intentando adivinar cuál estrella es tu favorita, mañanas completas intentando encontrar tu rostro en mi café. Pero hay días en que me convenzo de que tampoco te importa, que tu silencio lo prueba y que tu nombre no es tan bello como otrora. Al diablo contigo, entonces. Con una sonrisa ácida silencio tu voz, me despego tu mirada y tiro a la papelera tu reflejo hecho añicos. Vuelvo a levantar las montañas por mi cuenta, dejo en paz a los ríos y sangro tu recuerdo sobre las hojas de otoño.

Se abre paso una oscuridad lacerante, amarga en mis labios, fría en mis mejillas, húmeda entre mis manos. El invierno arde en llamas pero todo a mi alrededor es gélido, el cielo cae a pedazos, mas en mi cuarto está todo inmóvil, llenándose de polvo y de olvido, yo incluida. ¡Es imposible no vivirte, no respirarte, no llorarte y transpirarte, oh dulce verdugo, despreciable serafín! El irrefrenable sol brilla sobre mi espíritu hecho trizas, mis lágrimas solidificadas clavadas en tu corazón.

Pero como la luz del día es devorada por la noche, así también mi rencor es devorado por tu mirada silenciosa. Después de todo, puedo contar con los dedos de una mano todas las palabras que hemos intercambiado. Sé que tú haces lo mismo a veces; probablemente le prendas fuego a mi nombre e incineres tus pupilas para borrar mi imagen. Quizás destruyas todas mis palabras entre tus puños, temblando de pura rabia, tiritando con infantil tristeza en medio de la lluvia.

Al final, somos trágicamente iguales, esperando que nuestro silencio transmita el cántico que nos carcome por dentro. Romanticismo resquebrajado. Algún día, tal vez, esos mañanas dejen de ser ajenos. O quizá simplemente se esfumarán como la niebla de madrugada, nos dejarán con rocío en las pestañas y con el aroma a tierra y lluvia de la juventud perfumando la almohada.

No importa, ¿verdad? El porvenir es de mortales, pero tú perteneces a mi eternidad, a las nubes de la tarde, a las hojas que caen…

(Segundo puesto Cuento 2017 – Universidad Católica San Pablo)

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