“Un día cualquiera” crónica finalista del VII Concurso Literario “El Búho”

Crónica

Esta obra es una de las cinco finalistas de la categoría Crónica, del VII Concurso Literario El Búho. «Un día cualquiera” fue premiada con un diploma en diciembre de 2018.

El autor, Angel Omar Brown Aspilcueta escribió “Un día cualquiera” bajo el Seudónimo Cuervo Azul. Nació en Caracas, Venezuela el 5 de febrero de 1994. Estudia actualmente Diseño Publicitario en el Instituto Thomas Jefferson. A continuación, la obra del finalista de su autoría:

Crónica: Un día cualquiera

Amanece, me levanto deprisa, el frío castañetea entre las paredes de la casa, la alarma suena y ya voy tarde. El polvo está lleno de pies, ha besado las rendijas de las despensas. Cocino un fugaz desayuno, siempre el mismo, está frío cuando llega al plato, pero creo que ya todos nos hemos acostumbrado a comer así. Las costumbres civilizadas a veces son demasiado y no caben en esta rutina, me despido de mi perro, saludo a la vecina, los árboles apuntan donde siempre, el sol calcina y a la sombra congela.

Las calles siempre las están reparando, Arequipa siempre está creciendo. El paradero está en el polvo, las personas parecen no notarlo. Unos están dormidos, otros despiertos, van al colegio, al trabajo, a la vuelta de la esquina, ¿quién es quién? En esta gran avenida todos los caminos confluyen, a todos, el reloj nos grita desde lejos. Qué silente está la mañana, hay un trabajo que terminar, una llamada que hacer, un desayuno por acabar. El viaje es largo, todos vamos sentados, todos vamos de pie, ¿dónde iremos a parar?

Estudio, nunca hay que dejar de estudiar. No tengo título, mis amistades me llaman por mi nombre de pila, mis colegas también y a mis jefes les importa un bledo de qué me gradué, en la UNSA o en “la Cato”, título es título y tristemente a pocos les importa. Ocho horas, todo el mundo divide su día en grupos de ocho horas, de sueño, de estudio, de trabajo, y en ocho que quedan hay que hacer todo lo demás. Profesores van y vienen, los chismes del pasillo, es un ecosistema pequeño lleno de grandes cosas, todos quieren ser grandes, ¿cuántos perseguirán sus sueños? En esta ciudad faltan cosas por hacer y personas que las hagan. Quiero que esto acabe, quiero comer, quérápido pasan las ocho horas que me quedan para no-trabajar, no-dormir y no-estudiar.

¿Dónde puedo comer? Solo tengo una hora y no más de diez soles en el bolsillo. ¡Diez soles! Que me siento millonario. El menú donde la casera se demoran, al frente no sé si será higiénico, la comida chatarra me mata y la sana no me la puedo costear. Que una fruta y una salchipapa ni me cura ni me mata. Ya sé de donde viene la obesidad y la desnutrición, estamos todos gordos por comer en la calle y débiles porque no podemos costear vitaminas y minerales, cinco raciones de frutas y verduras al día no todos las costean. Necesito algo para el camino. Como un sombrero por ejemplo, el sol no perdona y la sombra no se da abasto, nosotros tampoco nos damos abasto, todos queremos ser parte de esta ciudad, pero la hemos olvidado.

Estoy seguro que ese señor pasa por esa calle todos los días a esta hora, la señora del quiosco lleva ahí desde que salí del colegio, y esos dos siempre leen las noticias en la plaza de Armas, pero les juro que ninguno se ha dado cuenta de donde está parado, cuántas historias se mezclan con el presente y nadie las recuerda, cada edificio de esta ciudad tiene algo que contar. Y ya nadie recuerda ni la colonia ni la república. Ya voy tarde al trabajo.

Si quiero un futuro necesito pagar mi presente, un presente que se devalúa como nuestra moneda ¿y dónde queda mi pasado? Mi vecina me contó que vendió un trozo del suyo por un mejor televisor, que para pagarle la uni a su nieto. Abro el local un poco pasada la hora, un lindo lugar en Umacollo. El polvo siempre es el primer cliente. La economía el segundo, ¿por qué está tan caro? Pero no nos preguntamos eso cuando vamos al mall. ¿O sí? ¿Quién va al mall? Porque yo aún me siento rico con mis diez soles (que ya me los gasté) pero otros se gastan cien de propina, camino al trabajo un joven me dijo que con diez céntimos comía hoy. Pero nadie quiere las cosas gratis, no, es que nadie sabe de economía.

El día pasa rápido, la radio transforma las ocho horas en un ratito. Ese cacharro es el único pasado del cual no nos despegamos, ¿nostalgia? ¿dolor? Es que todos somos muy masoquistas. Mi amor no me dejes, seré diferente. Exactamente igual a todos los que dijeron esa frase, hay que aprender. Pero el amigo de mi amigo no piensa igual, porque lo vio en un programa de televisión, y si ahí está bien, ¿por qué no estaría bien en la vida real? Es que los superhéroes arreglan todo a puñete, así es más fácil. Porque de nada sirve enamorar a alguien si con media nalga desnuda se conquista a cualquiera. Nadie estudia porque así no se consigue dinero, el nieto de mi vecina se lo gasta todo en trago, eso no es caro, ahí todos tienen soles y dólares y pesos si hacen falta para irse de fin de semana.

Se me ha ido el día, no he terminado mis tareas ni he salido de la rutina, que si me demoro más, me botan del trabajo, que si me duermo en clases, no rindo. Y ¿quién me preguntó si era feliz? es que ni yo sé responder a eso. Pienso en esa muchacha bonita las 24 horas, es mi única distracción, mi único pecado fuera de las ocho horas. ¿Pero en cuál de las 24 puedo llamarla y encontrarme con ella? Que el trabajo esto, que la distancia lo otro. Caminando se puede llegar a cualquier parte.

Pero la comida nos mata, el sol nos castiga y el polvo llegó primero que yo. Que no nos queda dinero y se nos fue el tiempo. No quiero esperar coincidencias ni domingos ni feriados. Que todo lo anterior pase, pero si olvidamos la hora para abrazar a mamá y olvidamos las historias que nos contaban nuestros abuelos, ¿en qué nos hemos convertido? por lo menos las máquinas descansan cuando las apagan. ¿Dónde quedó la vieja Arequipa?

El camino a casa está lleno de luces y perfiles, ninguno de ellos es el tuyo. Bendito guasap que me permite escribirte, y no maldigo más porque en la escuela me enseñaron que era malo. Que todo tiene un plan y que todo sucede por una razón. Pero yo no quiero eso. Quiero que las elecciones sean justas, quiero que todos tengan acceso a la cultura, quiero que amarte sea posible.

El mundo está destruido y lo destruimos más cada día, (no nos alcanzan las ocho horas para más) perdemos nuestras raíces, nuestras chacras, ya solo nos queda esperar que mañana sea mejor, nos queda mejorar cada día, porque al final del día, no somos más que la suma de nuestras voluntades. Y así termina un día cualquiera, ajado, sin lustre, con una fría noche llena de estrellas, con un aire seco que agrieta los labios, con el perfil de una blanca ciudad que no se rinde.

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