Perú: Renacimiento quechua

"En 1975, la junta militar oficializó el quechua, actualmente lengua materna de unas 10 millones de personas que viven entre la región colombiana de Pasto, la argentina de Tucumán y la chilena de Alto Loa. No es casual"

Columnista invitado
idioma quechua hablan 10 millones
Foto: El País

“Cusco, único lugar en el que se puede adquirir una idea verdadera del Perú”.

Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, Carta a los españoles americanos (1781).

En 1972, el general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), que en octubre de 1968 había derrocado a Fernando Belaunde Terry, hizo un gesto de gran simbolismo político que alteró la forma en la que los peruanos se perciben a sí mismos y a su historia: cambió el nombre del Salón Pizarro, el mayor de Palacio de Gobierno, que se levanta en el mismo solar que el marqués conquistador reservó en 1535 para su residencia y sede de la gobernación de Nueva Castilla y que luego sería la de los virreyes y presidentes peruanos.

Velasco lo rebautizó Salón Túpac Amaru II, el cacique cusqueño que lideró la gran rebelión indígena de 1780, la más grande que tuvo lugar en los virreinatos hispánicos. Ninguno de los presidentes que le sucedieron le devolvió su antiguo nombre.

En 1969, el llamado ‘gobierno revolucionario de la fuerza armada’ hizo una reforma agraria que expropió nueve millones de hectáreas de latifundios, acabando así con un orden semifeudal que había reinado en el mundo rural andino desde los corregimientos y encomiendas coloniales y que mantenía a los pongos (peones de hacienda) en un estado de servidumbre.

En 1975, la junta militar oficializó el quechua, actualmente lengua materna de unas 10 millones de personas que viven entre la región colombiana de Pasto, la argentina de Tucumán y la chilena de Alto Loa. No es casual. Todas estas regiones fueron los límites extremos que alcanzó el Tahuantinsuyu, el reino de los cuatro suyos (puntos cardinales) que desde el Cusco gobernaban los incas.

El Qosqo (ombligo en quechua) era el centro religioso, político y económico del imperio y núcleo vial del Qapac Ñam, la red de 60.000 kilómetros de caminos empedrados y calzadas que atravesaba sus dominios y en el que el runa simi (runa: hombre, simi: lengua, en quechua) era la lingua franca. Aun hoy existen vocablos quechuas en el aymara, arawak, guaraní y mapudungún, entre otras lenguas nativas; con lo que cumplió en los Andes un papel similar al que tuvo el latín en el imperio Romano.

La gran rebelión

La suerte del quechua siempre estuvo atada a los avatares políticos peruanos, donde se concentran la mayor parte de quienes lo tienen como lengua materna; unas 3,4 millones de personas.

Velasco presentó a José Gabriel Condorcanqui –cacique de Tinta y Tungasuca y que utilizó el título de Túpac Amaru II para reivindicar su linaje incaico–, como el iniciador de una revolución inconclusa, un proyecto que él mismo habría de culminar porque, en su visión, la independencia del último bastión realista fue producto de una invasión de platenses, chilenos, venezolanos y neogranadinos.

En sus memorias, Manuel Godoy, primer ministro y confidente de Carlos IV, escribió que “nadie ignora cuánto se halló de cerca de ser perdido por los años de 1781 a 1782 todo el Virreinato del Perú y una parte del de La Plata”. Para descuartizarlo, Túpac Amaru fue atado a cuatro caballos en el Huacaypata, la Plaza de Armas del Cusco. La represión no terminó con el castigo físico de los rebeldes.

Las autoridades virreinales intentaron desarraigar los elementos culturales que habían propiciado el nacionalismo ‘neoinca’ que apareció en el siglo XVIII en el sur andino. El uso del quechua, cuya gramática y vocabulario habían sistematizado desde el siglo XVI jesuitas, franciscanos y dominicos, fue castigado; en un esfuerzo tan inútil como contraproducente para los intereses coloniales.

Un destino sinuoso

Tras la independencia, el quechua quedó relegado a la serranía andina. En 1979, la Asamblea Constituyente que presidió la transición democrática tras el régimen militar, otorgó el derecho de voto a los analfabetos –en su gran mayoría monolingües de habla quecha–, y constitucionalizó el quechua como lengua oficial.

En 2003, el Congreso aprobó la llamada ‘ley de lenguas’, que reconoce los derechos lingüísticos de los pueblos originarios. Y en 2011, otra ley obligó a todos los centros de salud cusqueños a prestar servicios en quechua.

La realidad social, sin embargo, no se cambia solo por medios legislativos. Según el informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (2003), durante la guerra interna de los años ochenta y noventa, muchos indígenas fueron acusados por los militares de colaborar con los subversivos maoístas por el mero hecho de ser quechuahablantes. Cuando, según el informe, los soldados les preguntaban “¿ustedes son comunistas?”, les contestaban: “Ari papay, comunidadmanta kayku”, (sí papá, somos de la comunidad), es decir, comuneros. Los militares los llevaban presos y muchas veces no regresaban.

Durante el fujimorato (1990-2000) miles de mujeres indígenas fueron esterilizadas con engaños al negárseles atención médica en sus lenguas maternas. En 2006, la mesa directiva del Congreso rechazó la juramentación en quechua de la congresista cusqueña Cleofé Sumire, a la que hicieron jurar tres veces. “¿Para qué vengo yo acá, si no toman en cuenta que somos personas, tenemos un idioma, una cultura?”, protestó, diciendo que en su pueblo le habían pedido que, aunque sea, saludara en quechua.

Sumire –que nació en Collachapi, a los pies del Apu Yana Urqu (montaña negra) y a orillas de la laguna de Languilayo, donde Túpac Amaru arrojó su pistola para que no cayera en manos de sus perseguidores–; redactó la ley que regula el uso, fomento y difusión de las lenguas originarias peruanas.

Centros de gravedad

La campaña del maestro rural Pedro Castillo estuvo marcada por una reivindicación del mundo andino como centro de gravedad de la identidad nacional. En el Cusco apareció ante una multitud con la maskaipacha, la borla imperial de los incas. A diferencia de expresidentes como Alan García, Alberto Fujimori o Pedro Pablo Kuczynski –que también se aficionaron a lucir atuendos nativos–, Castillo no se disfraza.

Con su elección, por primera vez en la historia republicana, las regiones andinas ganaron una elección a las costeñas; y con porcentajes cercanos al 80% en Cusco y Puno. En 1821, la región más rica de la nueva nación era el sur andino, que concentraba casi el 40% del PIB; un porcentaje que empezó a declinar desde la década de 1840. Hoy es de apenas el 10%. En ese mismo lapso, Lima pasó del 10% al casi 50% actual.

En ese contexto, no resulta extraño que el 26 de agosto, en su primer discurso ante el Congreso, el primer ministro, Guido Bellido, elegido congresista por Cusco, se dirigiera al pleno en quechua, en un caso sin precedentes en la historia del legislativo peruano, que carece de traductores a las lenguas originarias.

Mientras algunos parlamentarios lo interrumpieron a gritos, la presidenta de la cámara, María del Carmen Alva, lo conminó a hablar en español; y a que tradujera “de inmediato” sus palabras.

Bellido contestó que, según la Constitución, castellano y quechua son lenguas oficiales, recordándole que su madre en su pueblo de Litivaca no hablaba castellano; y que usaba el quechua en homenaje a muchos peruanos que “han muerto sin entender una palabra de lo que se decía aquí”. En días sucesivos, opositores y periodistas acusaron a Bellido de “provocar y dividir a los peruanos”. La Academia Mayor de la Lengua Quechua del Cusco, a su vez, ha anunciado que denunciará a Alva por discriminación.

Renacimiento andino

Pese a todos esos factores en contra, el quechua está experimentando un verdadero renacimiento. Desde 2016, el canal de televisión público emite programas noticiosos en quechua, donde cantan estrellas de la canción popular como Renata Flores y Liberato Kani. Actualmente, más de 1,2 millones de niños reciben clases bilingües en castellano y quechua.

El ministro de Educación, Juan Cadillo, ha prometido que en 2022 habrá 60.000 profesores bilingües, frente a los actuales 54.000. Según el censo de 2017, 3.800.000 (14%) de los 32 millones de peruanos son quechuahablantes.

Dado que el runa simi es más bien una familia de lenguas relacionadas entre sí como el árabe o el chino, Carlos Molina Vital, profesor de quechua en la Universidad de Illinois, cree que no se debe uniformizar su enseñanza; que debe adaptarse a los usos locales. Para facilitar la integración de sus hijos, los quechuahablantes que migraron a las ciudades de la costa no les hablaban en su lengua, lo que ha relegado al quechua, como a las otras 47 lenguas originarias peruanas, al ámbito familiar.

La Constitución dice que todas las lenguas son oficiales en los lugares donde predominan, lo que da a entender que no hay forma de que una lengua originaria pueda ser oficial en la mayoría del territorio porque, en cifras, el castellano predomina siempre. “Es como un círculo vicioso”, dice la sociolingüista Claudia Crespo. Pero eso también está cambiando.

Bellido sabe que al hablar en quechua está lanzando el mensaje de que quienes siempre tuvieron el poder ya no lo tienen. Unos días antes del cambio de mando, las comunidades campesinas de la provincia cusqueña de Chumbivilcas, donde Castillo obtuvo el 96,4% de votos, iniciaron un paro indefinido en protesta contra la empresa minera china MMG Las Bambas. Cuando viajó a la zona, Bellido pasó del castellano al quechua, logrando que las comunidades locales levantaran la huelga tras comprometerse a instalar una mesa de diálogo. 

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