Cuento ganador del X Concurso Literario El Búho: “Nada hay que yo pueda agregar”

Obras escogida entre más de 450 trabajos fue anunciada en ceremonia especial. Trabajo inédito será publicado en un libro que reúne los trabajos ganadores del Concurso Literario "El Búho"

Letras

La X edición del Concurso Literario “El Búho”, culminó el pasado 15 de febrero con el anuncio y premiación de finalistas y ganadores de las categorías Cuento y Crónica. En la primera categoría se impuso el trabajo “Nada hay que yo pueda agregar” de Alexander Rivera, que reproducimos a continuación. El ganador en la categoría crónica fue el trabajo “Las ollas vacías dan más hambre”, que pronto publicaremos.

El jurado calificador para la categoría Cuento estuvo compuesto por los escritores nacionales Houdini Guerrero, Yuri Vásquez y Hugo Velazco.

Sobre el autor

Rolando Alexander Rivera de los Ríos Arequipa, 1987. Es abogado de profesión por la Universidad Católica San Pablo y profesor de francés. Es autor de los libros de relatos Nena (La travesía Editora, 2013) y Deja que corra el agua (Surnumérica, 2021). Cuentos y artículos suyos figuran en diferentes libros y revistas como: Los afectos (La Travesía, 2017), Hasta que la muerte (o el amor) nos separe (Quimera, 2019), Aquella otra pasión (Quimera, 2018).

Seudónimo: Alan Smithee

Cuento: No hay nada que yo pueda agregar

La primera vez que alguien me preguntó por qué tragaba gatitos blancos, solo pude responder: “Nada hay que yo pueda agregar”. Tenía estas palabras grabadas en el paladar. Por supuesto, no explicaban por qué tragaba gatitos blancos. Ni yo mismo lo sabía. Igual que un disciplinado comerciante con su tienda de comestibles, me sentaba a
diario en la misma calle, sobre la misma caja de frutas, y me dedicaba a tragar gatitos blancos. Debo decir que esa parte de la ciudad colapsaba de gatitos blancos. Eran como mangostas en un maizal. Solo tenía que alargar un brazo para que en el acto uno ovillara sus garritas de tachuela sobre mi palma. Luego de acariciarlos y recibir sus lamidas de garúa, abría la boca, desenrollaba la lengua y —como un oficioso panadero frente al horno bullente— los empujaba por mi esófago hasta el estómago. Tal era mi destreza en tragarlos que pronto fue considerado un trabajo igual de digno que el de comerciante o panadero.

No es que en la ciudad fuera algo común tragar mininos. Al inicio tuve muchos inconvenientes. Como realizaba mis actividades a plena luz del día, no demoré en ser detectado por los transeúntes. Muchos miraron con desaprobación mis fauces abiertas y cavernosas, incluso hubo una que otra señorona que lanzó chillidos de horror no bien un gatito se enrollaba en mis manos. Pero cuando atestiguaban la naturalidad con que lo hacía, la diligencia que ponía en desaparecer a los peluditos —juguetones sobre mi lengua, coquetos por la atención recibida—, se rendían de satisfacción y, entre aplausos, pedían repeticiones y más repeticiones. Los protectores de animales fueron otro inconveniente.

Ante el aumento de mi fama en las calles y hasta en la televisión (donde el horario estelar había explotado con la moda minina), decidieron hacerme una agresiva visita no programada. Preguntaron por la calidad de vida de los gatitos dentro de mi estómago, por el nivel de bacterias en mi boca y hasta por mi punto de vista respecto a la extinción del rinoceronte negro. Pero no bien se daban cuenta que, aun si me pasara dos vidas tragando gatitos, jamás pondría en peligro su especie, decidieron dejarme tranquilo, hacer círculo y disfrutar del espectáculo, igual que el resto.

Como había días en que los pequeñines preferían jugar o dormir que ser tragados, muchos se ofrecían a traerme gatitos de callejones y barrios aledaños. Ante mi negativa, decidieron lanzarme el doble de monedas por cada nuevo minino engullido. Eran tantas monedas que el cuartito donde vivía estuvo a punto de venirse abajo. De seguir tragando gatitos con tanto éxito, sufría el riesgo de volverme rico.

Esto inevitablemente atrajo a los funcionarios del fisco, quienes solicitaron una auditoria inmediata para esclarecer mis ingresos. No era una sorpresa ser citado ante sus oficinas, las más temidas y eficientes del país. Años atrás, luego de que me quitaron los ahorros de juventud y el trabajo y hasta la esposa y los hijos, fui a sus oficinas para preguntarles por qué me hacían eso. Sólo un funcionario, con gesto impasible, se animó a responderme: “Nada hay que yo pueda agregar”. Y asunto terminado. Ese mismo día encontré la que ahora es mi calle, me senté sobre la desvencijada caja de frutas y tragué mi primer gatito blanco.

“Nada hay que yo pueda agregar”. Estas palabras quedaron grabadas en mi paladar. Cada vez que alguien me preguntaba algo, yo aprovechaba y las repetía. Aquella mañana de mi audiencia en las oficinas del fisco, tras entregarles a los funcionarios hasta mi última moneda ganada, no dejé pasar la oportunidad. “¿Por qué gatitos y no
perros, loros o sapos?”, me preguntaron. “¿Por qué blancos y no negros, pardos o jaspeados?”.
“Nada hay que yo pueda agregar”, respondí, con gesto impasible, y entonces no paré hasta devolverles cada uno de los gatitos blancos tragados.

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