Triunfo de Petro: ¿hecho aislado o tendencia regional?

"En los últimos 25 años en América Latina abundan los gobiernos que rechazan el neoliberalismo y pugnan por desarrollar, con éxito desigual, políticas a favor de las mayorías populares"

Columnista invitado
Gustavo Petro, presidente electo de Colombia

El triunfo de Gustavo Petro en las elecciones presidenciales en Colombia, es una excelente noticia. Un exguerrillero integrado a la democracia que logra ganar en lo que parecía un fortín de la derecha continental; reforzada la reacción colombiana además con la amplia presencia militar de los Estados Unidos y su inclusión extra continental (¿?) en la OTAN. Pero no se trata de un hecho aislado o de algún golpe de suerte. Por el contrario, este triunfo es parte de una tendencia que ya parece imparable y que tiene, aunque muchos insistan en que nos olvidemos, un cuarto de siglo en América Latina.

Hace 15 años, en uno de los últimos números de Socialismo y Participación (102), escribí un artículo que titulé “El giro a la izquierda en América Latina”. El artículo hizo camino, sobre todo fuera del Perú, incluso mereció alguna traducción al inglés y fue publicado en la revista Constellations en Nueva York. Fue el inicio de una investigación que me llevó por varios países de América Latina y producto de la cual publiqué tres libros y varios artículos académicos. Cuando recién empecé, la gente de mi gremio, las ciencias sociales, no entendían a qué me refería. Y cuando les explicaba hacían un gesto de extrañeza y me preguntaban de qué izquierda hablaba; incluso los más cercanos me recomendaban que dejara el tema porque le iba a hacer mal a mi carrera académica.

El giro, por lo demás, ha tomado muchos nombres. Lo han llamado giro progresista, para no pintarlo tan de rojo y hasta marea rosa (en los Estados Unidos) queriendo rebajarle importancia y achacarle fragilidad. La evidencia de los hechos, sin embargo, admite hoy pocas dudas. En los últimos 25 años en América Latina abundan los gobiernos que rechazan el neoliberalismo y pugnan por desarrollar, con éxito desigual como sucede con toda tendencia, políticas a favor de las mayorías populares. El hecho incontrastable, por otra parte, es que llegan al poder ganando elecciones, muchas veces por mayorías significativas; y cuando lo pierden son oposición democrática y vuelven a ganarlo nuevamente por la vía electoral. Pero más importante quizás es que no sólo son hechos electorales, sino que vienen precedidos de grandes movimientos sociales que, una y otra vez, insisten en que haya políticas que favorezcan a las mayorías populares.

El tiempo transcurrido ha decantado posiciones, dentro y fuera del giro a la izquierda. Ha habido avances y retrocesos. Procesos que parecían a la vanguardia, como la revolución bolivariana de 1998 en adelante con el liderazgo de Hugo Chávez en Venezuela, aparecen dando un giro autoritario y, finalmente, luchando por su sobrevivencia durante las presidencias de Nicolás Maduro.

El proceso boliviano liderado por Evo Morales sufre un golpe de estado articulado entre la derecha local y los Estados Unidos; para revertirlo, primero en las calles y luego en las urnas, un año más tarde con Luis Arce a la cabeza. El golpe parlamentario contra Fernando Lugo en Paraguay que termina con una corta experiencia progresista. El Frente Amplio en el Uruguay que gobierna durante varios períodos para finalmente perder con la derecha en las última elecciones dos años atrás. El peronismo en la Argentina, luego de grandes transformaciones con Néstor y Cristina Kirchner (2003-2015), es derrotado por la derecha neoliberal para regresar cuatro años más tarde con Alberto Fernández e intentar componer el desastre económico dejado por el derechista Mauricio Macri.

El fin de ciclo que quisieron ver con el golpe parlamentario contra Dilma Roussef el 2016 y el encarcelamiento de Lula después, se mostró efímero. Hoy Lula encabeza todas las encuestas para las elecciones a la presidencia del Brasil el próximo octubre. Hay incluso nuevos protagonistas en escena. El más importante es Andrés Manuel López Obrador que termina el 2018 con 25 años de gobiernos neoliberales en México; seguido por Gabriel Boric el 2020, expresión fresca de una siguiente generación de izquierda, recientemente elegido presidente de Chile; y Xiomara Castro como presidenta de Honduras.

Este recuento nos deja, sin embargo, dos pasivos. Uno gravísimo, la dictadura familiar que encabeza Daniel Ortega y que quiere hacer pasar como de izquierda; así como la traición de Lenin Moreno al legado de la revolución ciudadana que lideró Rafael Correa, lo que ha llevado hoy al inestable gobierno del neoliberal Guillermo Lasso. La última noticia en estos predios es el triunfo de Gustavo Petro en las elecciones colombianas de hace pocos días.

Un giro a la izquierda que en su mejor momento ha agrupado a la mayor cantidad de población, territorio y PBI de América Latina.

El contexto en que esto sucede ya no es de la Guerra Fría, en el que Estados Unidos asignaba el carácter de “patio trasero” a la región y la consideraba una zona de seguridad estratégica en su pugna con la entonces Unión Soviética. Por ello, no admitía que ninguna propuesta de izquierda, que cuestionara su influencia, ganara elecciones. El golpe en Chile contra el gobierno de Salvador Allende en 1973 está allí para probarlo. Hoy vivimos un mundo distinto, multipolar, en el que hay menos espacio para que el imperio, por más que quiera y trate, haga tal cosa. 

Asimismo, el espacio democrático que se abre con el fin de la Guerra Fría deja atrás la estrategia de asalto al poder por la vía de la violencia armada que fuera el camino más socorrido por la izquierda en las décadas anteriores. Esto tiene como contrapartida el desprestigio, aunque no la extinción, de los golpes militares, como vía para evitar que las izquierdas accedan al poder. Este nuevo escenario lleva a que existan mejores condiciones para el giro a la izquierda y permita cambiar la contradicción fundamental de la política latinoamericana.

En el último cuarto de siglo, ya no es más como lo fue en las décadas anteriores, el conflicto entre democracia y dictadura, principalmente dictaduras militares de derecha, el que organice la política en la región. Ahora es la contradicción entre dos visiones teóricas y prácticas de la democracia la que señala campos y delimita fronteras. Por una parte, tenemos la visión de la democracia asociada con la justicia social y la participación popular, especialmente de los movimientos sociales organizados; por otra, la visión elitista y procedimental de la misma que la entiende como la protección de los individuos propietarios; herederos de los privilegios oligárquicos que establecen mecanismos para la elección de sus representantes cada cierto número de años. Y se cuidan de no dar cuenta a nadie mientras tanto.

De igual manera también se puede decir que la orientación del programa de gobierno que buscan aplicar es similar. Para empezar, a diferencia de la derecha que históricamente nos ha tenido acostumbrados en la región y en el Perú a la mentira, decir una cosa en campaña y hacer otra cuando está en el gobierno; los gobiernos populares en su gran mayoría suelen hacer lo contrario: decir y hacer lo mismo en campaña y en el gobierno. Esta primera revolución ética ha sido muy significativa en la región e insoportable para los que nos tienen acostumbrados al engaño, como una herramienta más de dominación.

En este sentido la mejor denominación de estos gobiernos y sus programas es la de nacional-popular. El término combina la necesidad de dos procesos, los de nacionalización y democratización de nuestras sociedades. Dos procesos que en Europa Occidental se dieron separados por el tiempo y las coaliciones que los impulsaron, la nacionalización que precedió a la democratización; y que, en América Latina, suelen darse juntos.

Esto implica que sin soberanía e identidad nacionales no puede haber democracia política. La conjunción de soberanía y democracia es central; por ello la insistencia en el desarrollo nacional y la integración continental por parte de los gobiernos de izquierda. Nación y democracia van de la mano. Esto, que debería formar parte del sentido común, es inentendible para la derecha y las políticas imperiales, que más bien suelen asociar democracia con sumisión. Por ello, cuando se reclama la necesidad de una derecha democrática en estas tierras, muchas veces se olvida el carácter colonial de la derecha en la región y la dificultad existencial que tiene para ser plural y democrática.

El ciclo que se quiso ver finalizado con el golpe parlamentario contra Dilma Roussef en mayo de 2016, ha pasado a ser una primera fase de lo que parece afirmarse como una tendencia en la región; el avance de una propuesta democrática con justicia social y soberanía nacional. El triunfo de Gustavo Petro, en un país como Colombia en el que esto parecía impensable hasta hace muy poco, hace ver que se trata de una tendencia que ya no parece conocer límites.

Una tendencia, por lo demás, que no supone el avance a una América Latina monocolor; sino como señala Álvaro García Linera, un camino que, como las olas del mar, supone mareas altas y bajas. Pero con una tendencia de avance hacia una región distinta en la que la democracia deje de ser el privilegio de unos pocos y pase a constituirse en la constante de la vida social y política de nuestra América.

Y por último lo feo: la situación de nuestro querido Perú. Un país que para beneplácito de nuestra derecha sigue siendo timado por imitadores. ¿Hasta cuándo aguantaremos tanta ignominia a pesar de estar rodeados de pueblos hermanos que escogen caminos de verdadera libertad?

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