Historias de Arequipa: la apasionante “locura” de Lino Urquieta

“¿Con que soi loco, porque lamento la injusticia brutal sobre la que está edificado el orden social existente? Loco porque declaro en público lo que vuestra conciencia os denuncia en privado"

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El primero de agosto de 1901 un editorial de “El Deber”, en Arequipa, trató a Mariano Lino Urquieta, Presidente del Partido Independiente, de desequilibrado mental y “paciente de manía liberal y disociadora” y hasta pidió su reclusión en un sanatorio mental. Días después, Urquieta, “el loco” para El Deber y los conservadores clericales de Arequipa, respondió con seso, pluma y pasión clarividentes, con las siguientes frases, que por inteligentes y brillantes exigen para su autor un lugar importante en la historia de las ideas políticas del Perú.

“¿Con que soi loco, porque lamento la injusticia brutal sobre la que está edificado el orden social existente? Loco porque declaro en público lo que vuestra conciencia os denuncia en privado, a saber: que la clase obrera, que es la que produce la riqueza social, es también la que sufre todas sus miserias? Loco, porque hago notar lo que a todos es notorio, que los hombres de blusa y salario son los que proveen de lujo y holganza a la clase privilegiada, y sin embargo ellos mismos no disponen siquiera del pan suficiente para sus hijos?

También loco porque pienso que no es justo que la clase proletaria consuma en la servidumbre de un trabajo vilmente remunerado las fuerzas vitales que aquella otra clase agota en la expoliación de la sensualidad? ¿I loco porque digo que el edificio de la sociedad aquí i en todas partes, mal construido se halla sobre los solos cimientos del egoísmo económico, y que la justicia reclama que también le sostengan sentimientos de moral equitativa? Pues si tal es mi locura, os advierto que el manicomio en que habéis de encerrarme tendrá que ser grande, muy grande; ya que en él tendré que juntarme con otros innumerables, pero muy ilustres locos…”.

“La propiedad ¿negaréis que al fin y al cabo es la obra del trabajo? El hombre naturalmente siente necesidades, y al sentirlas es impelido irresistiblemente a satisfacerlas del todo. Para satisfacerlas aplica sus aptitudes, sus fuerzas, sus facultades, a vencer las resistencias que le opone la misma naturaleza, a fin de arrancar de la tierra los productos útiles, que o amasarán su riqueza, o se CONVERTIRÁN EN CAPITAL; y como el hombre además es libre, claro es que tendrá el poder de derecho de satisfacer sus necesidades, disponiendo del producto de su trabajo.

He aquí creada la PROPIEDAD en esta combinación del trabajo con la libertad humana. Si pues mediante el trabajo se alcanza la propiedad y en virtud de la libertad se disfruta de ella. ¿Por qué han de apropiarse de casi la totalidad de los productos unos pocos. ¿Y por qué han de carecer aún de lo más preciso la inmensa mayoría de hombres? ¿Es que acaso un corto número de privilegiados tienen necesidades que satisfacer y derecho de satisfacerlas? ¿Es que los demás tienen tan sólo la obligación servil de gastar sus fuerzas en crear las cosas útiles, pero luego que las han creado, pierden toda libertad para disponer aún de la mínima parte que reclaman sus primeras necesidades?

La propiedad se obtiene mediante el trabajo y se sostiene por la libertad. Luego todo hombre que es libre y sabe trabajar, tiene también el derecho de propiedad dentro de los límites de sus racionales necesidades. Y en la medida de su capacidad para el trabajo. He aquí la base de justicia, equidad y fraternidad, sobre la que descansa el socialismo. He aquí la hermosa trípode de amor a sus semejantes, sobre que levantan su edificio de reforma los que se llaman socialistas.

¿Hay en esto la abolición de la propiedad y la erección del comunismo y la anarquía? No es verdad que antes, por el contrario, el socialismo significa la ampliación de ese derecho de propiedad. Y el perfeccionamiento de su distribución en conformidad con la verdadera justicia.

Tal como las industrias hoy se fomentan, es indudable que tanto el trabajo como el capital son factores indispensables de la producción. Luego deben también uno y otro ser los dueños de los productos en proporción equitativa. A esta equidad propende el socialismo: no a usurpar al capitalista su capital, sino a defender el legítimo derecho del trabajador. No a robar a nadie, pero a impedir injusticias que parecen robos”. (El Ariete. Nro.2. Arequipa. 18 de Agosto de 1901. Págs. 1 y 2).

Juan Guillermo Carpio Muñoz

Texao Arequipa y Mostajo; la Historia de un Pueblo y un Hombre

Tomo IV. Págs. 53 – 54

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