“Muerte en Venecia”: una novela que es también una tragedia griega

"La laberíntica y antigua ciudad de Venecia, ciudad de pasiones desbocadas, con sus sinuosas callejas que desembocan en plazas apenas iluminadas por mustias farolas, es el marco ideal para esta aleccionadora tragedia en cinco actos"

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De entre las múltiples interpretaciones que se pueden postular acerca de la “La Muerte en Venecia”, una de ellas es que esta obra es también una tragedia clásica. Una tragedia griega, para ser más precisos. Con sus cinco actos, su coro de machos cabríos y con la sutil presencia de los dioses que deciden el destino de los pobres mortales.

Tadzio es Hermes Psicopompo, el guía en el camino de ultratumba. Tadzio es bello como Hermes y terrible como Yama, en ambos casos su presencia significa muerte. Von Aschenbach es el héroe dionisiaco herido por una mortal pasión. Siguiendo la huella de Tadzio, von Aschenbach hallará su peculiar Hades, donde el hedor de los círculos infernales puede ser también el hedor de las marismas venecianas cuando el Adriático crece en verano e inunda calles y plazas. Una noche, “en una noche escura, con ansias en amores inflamada”, von Aschenbach oirá desde su balcón a un grupo de músicos borrachos que entonan incongruentes letanías al son de vihuelas. Ese coro de machos cabríos, con su extático cántico, inflamará el viejo y decadente corazón del viajante y lo sumirá en las violentas sombras de un amor imposible. La laberíntica y antigua ciudad de Venecia, ciudad de pasiones desbocadas, con sus sinuosas callejas que desembocan en plazas apenas iluminadas por mustias farolas, es el marco ideal para esta aleccionadora tragedia en cinco actos.

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Pero “La Muerte en Venecia” es también una novela de degradación, el propio Mann lo advierte al inicio. En ese sentido, resulta inevitable pensar en aquel profesor Rath, interpretado por Emil Jannings, en la clásica película “Der Blaue Engel”, “El Ángel azul”, de Josef von Sternberg (1930): dos personajes arrastrados por una pasión devoradora que los somete y ridiculiza. Cuando von Aschenbach recurre a tinturas y afeites para verse más joven, sabemos que ha tocado fondo, sabemos que nunca abandonará el aire enrarecido de Venecia. Y, sin embargo, Tadzio está allí, lozano y feliz, en la playa, como una criatura invulnerable a quien la peste no puede tocar… O precisamente como un dios. Un dios adolescente e inmortal.

Leí este libro hace ya unos treinta años, cuando frecuentaba la biblioteca del Instituto Goethe. Y siempre vuelvo a él porque en sus páginas encuentro una plétora inabarcable de simbolismos clásicos. Recomiendo vivamente su lectura, por supuesto, a la par de La Montaña Mágica, los Buddenbrook y el Doktor Faustus.

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